El colectivo parece los que Portal de Cuyo le había comprado a la TAC a principios de la década del 2000, y que hacían la ruta Villa Mercedes – San Luis. A veces, incluso, llegaban a destino.
La diferencia es que la planta baja —porque es de dos pisos— tiene un sector como los asientos del tren: enfrentados y con una mesa en el medio. Ahí se sienta una rubia, poco más de 40 años, con cara de estar harta de hacer siempre lo mismo.
Lo que siempre hace es anotar, uno por uno, nombres, apellidos y documentos de todos los pasajeros. El chofer, cerca de los 60, va y viene. Y fuma un cigarrillo tras otro, afuera y adentro del colectivo, hasta que llega la hora de salir.
Es 30 de diciembre cuando el micro parte de Belgrado, capital de Serbia, rumbo a Pristina, capital de Kosovo. El viaje termina el 31 por la mañana.
Como aquel Portal de Cuyo, el bus para en cualquier esquina para levantar pasajeros, pero ni así logra llenarse.

La frontera invisible
Intuyo que cruzar la «frontera» debe demorar algo más que lo habitual por las diferencias marcadas entre los dos gobiernos. Para Serbia no debería haber control, porque Kosovo es una provincia más. Para Kosovo, en cambio, es fundamental: es la primera muestra de su «independencia». El puesto fronterizo, ya en territorio kosovar, dice «financiado por la UE».
La disputa viene desde hace cientos de años. Kosovo siempre fue tan rebelde que el mariscal Tito —que gobernó desde 1945 hasta su muerte en 1980 y no se caracterizó por ser tibio— le otorgó autonomía para evitar levantamientos en su Yugoslavia.
Historia y tensión
La región de Kosovo está habitada mayoritariamente por albaneses. Parece que hace muchos años, cuando no había métodos anticonceptivos al alcance de todos, los originarios de lo que hoy es Albania eran más propensos a darse amor que los serbios.
Por esa importancia poblacional, el ejército de Albania tuvo un papel fundamental, junto con la OTAN, en la guerra de 1998-1999 para que el país —aún hoy no reconocido del todo— resistiera los embates de las fuerzas serbias.
El conflicto bélico terminó sin ninguna resolución. Más tarde, en febrero de 2008, Kosovo declaró su independencia de manera unilateral, que ratificaron 97 de los 193 países que componen la ONU. Serbia, hasta hoy, no la reconoce – Argentina tampoco-.
El reclamo, con mucha historia detrás, llegó hasta este punto desde que comenzó el desmembramiento de Yugoslavia en 1991. Y se profundizó cuando un presidente serbio, a mediados de los 90, amenazó con quitar la autonomía que había otorgado Tito.

Lo cierto es que la red eléctrica, la de agua y mucho del comercio que disfrutaba Kosovo dependía de Serbia. Ahora el ¿reciente país? busca otras fuentes.
Pristina
En ese clima de tensión, intento cruzar, en el símil Portal de Cuyo, de Belgrado a Pristina. Y, en realidad, el paso es muy tranquilo. El chofer fumador se encarga de recolectar todos los documentos —en caso de los locales— y pasaportes —de los extranjeros— y los lleva para marcar el egreso de Serbia. En el puesto de Kosovo sube un militar con una tablet y los escanea. Solo se lleva al único «extraño», el argentino, acaso para otra revisión en la oficina; y devuelve los documentos al chofer para que los reparta.
Ese viaje no se puede hacer en sentido contrario. Serbia no reconoce a Kosovo como un país independiente; lo considera parte de su territorio. Por eso, si alguien entra directo a Kosovo, los serbios lo toman como un ingreso ilegal y, en ese mismo paso fronterizo, no lo dejan continuar.
Pristina es una ciudad con muchas subidas y bajadas muy empinadas, que está muy intensa con el festejo de Año Nuevo.
No es muy turística, aunque tiene algunos puntos interesantes: el edificio más feo del mundo, una iglesia católica apostólica romana llamada Madre Teresa —en la insólita intersección del boulevard Bill Clinton y la avenida George W. Bush—, un busto de Clinton, una peatonal y un Burger King. Todo separado por unas pocas cuadras.
También está el NEWBORN, ese cartel escultórico que Kosovo inauguró el día en que decidió independizarse de Serbia, el 17 de febrero de 2008, y que desde entonces cambia de color cada año.
Para festejar la llegada del 2025 montaron dos escenarios en la peatonal. A lo largo de varios metros, frente a cada estructura, había varios puestos de comida y bebida; sobre todo bebida. Ahí parecía estar toda la ciudad en las últimas horas del año para ver el ruidoso espectáculo de fuegos artificiales.

Pero ya desde temprano se vivía un clima festivo. Desde la mañana hubo petardos, cañitas voladoras y tres tiros, sonando por todos los rincones. No era difícil encontrarse con un auto, generalmente viejo, con diversas clases de pirotecnia desplegadas a lo largo del techo, el baúl y el capot, que ofrecían «a buen precio».
A la hora señalada, un locutor empezó la cuenta regresiva que muchos acompañaron, y lanzaron los cuetes con más intensidad. En los escenarios solo había DJs que ponían la música de moda. La fiesta siguió hasta las 2 de la mañana y, desde ahí, no se escuchó ni el vuelo de una mosca.
Vida cotidiana y contradicciones
En general, parece que la vida en Pristina no arranca muy temprano. Los cafés abren recién a las 7, cuando todavía no pasó el personal de la municipalidad a recoger la basura del día anterior. El 1 de enero, además, todo sucede más tarde. La actividad comienza a querer arrancar recién a las 9, cuando el sol ya está a pleno. Tiene su justificación: es feriado, hace -1°C, y hay resabios de una nevada reciente que dejó bastante hielo en las calles.

Pristina, que fue escenario de algunos combates de las guerras yugoslavas, no exhibe muchas marcas de esa época, pero es una ciudad que no creció muy ordenada. Fue como si cada uno hiciera su construcción y los espacios libres se convirtieran en calles. Caminar, con el hielo y el poco lugar, resulta intransitable.
Pese a su intento de separarse, hay costumbres similares a las de los serbios: respetan mucho al transeúnte que cruza por las sendas peatonales —frenan a la velocidad que vengan si alguien pone un pie en la calle— y, sin embargo, siempre que pueden estacionan en las veredas. En una ciudad de calles muy angostas, es complicado para el que anda a pie.
Las personas en Pristina, el kosovar promedio, tienen ciertos rasgos eslavos, pero sobre todo mucha genética albanesa. También comparten algo con Serbia: las mujeres, desde adolescentes hasta mayores, no salen a la calle si no están mega arregladas, supermaquilladas y con la mejor ropa disponible. Los hombres que las acompañan —novios, padres, amantes, hijos, hermanos— a veces hasta van de jogging.
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