Mi amigo Laxman

Intentar transitar un sendero espiritual en Rishikesh, India, cuesta caro. No por el despojo, ni por la austeridad espiritual. Caro en serio: en dólares.

Desde que los Beatles vinieron aquí a participar de un curso de meditación trascendental, la ciudad se convirtió en el epicentro del turismo espiritual. De hecho, Rishikesh es conocida como “la capital mundial del yoga”. La visita de la banda tuvo tal impacto que aún hoy —más de 50 años después— el ashram que visitaron sigue recibiendo miles de turistas, aunque no quede más que un templo en ruinas perdido en la selva. De aquel viaje surgió el White Album, considerado por muchos el mejor del cuarteto.

La movida Beatles abrió las puertas de la espiritualidad hindú a Occidente y disparó un interés inconmensurable por el yoga, la meditación y los rituales de este país tan enigmático. Ese entusiasmo convirtió a Rishikesh en el principal destino para quien anda “en busca de sí mismo”, pero también en un descomunal centro comercial a cielo abierto.

Entre vacas y 4×4

Un paisaje habitual de Rishikesh

La ciudad, situada al pie del Himalaya, no difiere demasiado de otras urbes de India: mucha gente, calles mal asfaltadas, suciedad, vacas, monos, motos, camionetas 4×4, puestos callejeros, locales de ropa, alhajas, comida, bebida, souvenirs, “daily needs” —algo así como supermercados del tamaño de un quiosco—, hoteles… y más gente. Lo que la distingue es el negocio espiritual.

Just think about money”, resumió Sunny, un joven que me invitó un chai —té con leche, cardamomo, pimienta, jengibre y otras especias— en un bar frente al Ganges.

Funciona así: si querés ser profesor internacional de yoga, el curso de 200 horas cuesta unos 1.500 dólares. Si solo buscás talleres, podés encontrar clases sueltas desde los 50. Hay miles de ashrams y profesores particulares, todos se autoproclaman los únicos autorizados por la Federación Internacional y los únicos que otorgan títulos válidos. También hay cursos más avanzados, más caros, más todo.

Ram Jhula, sandías y un guía inesperado

La zona más mochilera está delimitada por dos puentes colgantes sobre el Ganges: el Laxman Jhula y el Ram Jhula, separados por unos dos kilómetros y medio.

Laxman Jhula

A Laxman lo conocí yendo hacia Ram Jhula, en mi segundo o tercer día en Rishikesh. Le dije que era argentino, que estaba recorriendo India por unos meses. Hablamos —él mucho más que yo— y nos despedimos. Dos días después, a metros del puente, escuché: “Aryentin, Aryentin”. Era él, semirrecostado contra una pared.

El tipo es muy flaco, de estatura promedio, con barba de un par de semanas, pocos dientes y una verborragia admirable en inglés. No parece tener un trabajo estable —ni tampoco inestable. Dice que se llama igual que el puente, no tengo por qué no creerle.

Después de unos minutos de charla, me dijo que podía llevarme a conocer un templo hindú y que no me iba a cobrar nada. Solo me pidió que le comprara unos cuadraditos de sandía.

Templos, rituales y hachís

El templo al que me llevó fue uno de los más grandes que vi. En el piso superior, un monje sentado frente a una imagen de Shiva realizaba una especie de ceremonia mínima pero intensa. Al ingresar al santuario, hay arrodillarse y el hombre coloca, con una cucharita de madera, agua en la palma de la mano de visitante. Hay que beberla. Luego entrega unos confites, tres o cuatro, que hay que comer ahí. Tras una donación mínima (10 o 20 rupias), regala una especie de collar con cuentas de madera, similar a un rosario. Breve, ritual y solemne. Como si todo ya estuviera dicho.

Después descansamos cerca del edificio —creo que Laxman se durmió— y caminamos hacia el ashram de los Beatles. No entramos: costaba 600 rupias. “No vale la pena”, dijo, y me señaló desde dónde sacar la mejor foto.

«El templo de Los Beatles»

Me preguntó a qué me dedicaba. Le dije que era periodista. Se entusiasmó. Me contó historias de dioses, leyendas hindúes y me llevó a la orilla del Ganges. Se bañó y luego armó su pipa.

Achs”, dijo. Hachís. Me ofreció. Rechacé. “Está bien”, respondió. Agradecí que no insistiera. Era, realmente, un tipo agradable.

Samosas, rezos y el Ganges

Al rato, me invitó a comer. Aunque, claro, pagué yo. Pedimos samosas —una especie de empanadas de papa, arvejas y mucho condimento— en un ashram gigantesco. Luego participamos de la ceremonia “Ganga Mother”, que se celebra todas las tardes junto al río.

Samosas y chai

Empieza alrededor de las 18.30, con cánticos sin instrumentos. Después, los monjes encienden antorchas y sahumerios que giran al ritmo de una música amplificada. Al final, todos los asistentes arrojan flores al Ganges. También se puede hacer una donación. O no.

El río se venera. Muchos lo saludan al verlo: juntan las manos, primero sobre el pecho, luego sobre la frente. Algunos tiran monedas o masas duras del tamaño de una piedra. Muchos creen que bañarse en el Ganges limpia el karma. No sé si es cierto, pero en términos físicos, más puro no salís.

Segunda fumata y despedida

Cayó la noche. Caminamos por la orilla. En un rincón apartado, Laxman inició su segunda fumata. Esta vez sí insistió. Le dije que no. Me preguntó si tenía algo de dinero. Le dije que no, que debía ir al hotel por la tarjeta. Quiso acompañarme. Me negué.

Nos despedimos. Le agradecí por haber oficiado de guía. Gracias a él, conocí aspectos de la India que quizás me habrían pasado de largo.

No lo volví a ver. Tal vez estaba recostado en otra pared, esperando que alguien le comprara sandía.


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