En un sauce plantado en una isla cercana al Puente Nuevo –Pont Neuf, que fue nuevo en su momento pero ahora es el más antiguo de la ciudad-, ubicado en el corazón de París, surgió el mote de «viejo verde», que aún hoy tiene vigencia para denominar a aquellos hombres entrados en años que intentan satisfacer los placeres de la carne con jóvenes muchachas, más allá que consigan o no su objetivo.
El protagonista fue un rey, y uno de los importantes: Enrique IV o Henri IV. El monarca es considerado uno de los mejores en su rubro en toda la historia de Francia, y eso que Francia tuvo un amplio abanico de candidatos para evaluar.

De guerras santas, bodas forzadas y frases célebres
Este decano del viejoverdismo gobernó el territorio galo entre los años 1589 y 1610, y su trayectoria está plagada de situaciones particulares. O al menos hay varias historias alrededor de su figura.
Enrique de Borbón, así se llamaba antes de tener un número romano pegado a su nombre, se casó a regañadientes con Margarita, hija de Enrique II y Catalina de Médici, cuando ya era rey de Navarra y copríncipe de Andorra. Margarita, por cierto, tampoco estaba muy a gusto con la boda.
Su llegada al reino galo también fue particular: en pleno enfrentamiento entre católicos y protestantes, los consejeros consideraron que era buena idea poner un «calvinista» al frente para pacificar. Como suele suceder con las ideas de los consejeros, salió bastante mal y terminó en una matanza. Después sí se calmó un poco todo, pero por otras razones.
El suegro del protagonista había muerto tras sufrir un ridículo accidente en una «justa», cuando se le clavó una astilla en el ojo. Lo sucedió su hijo Carlos, cuñado del Borbón, que no dejó descendencia (tuvo una hija que murió y un hijo bastardo que no podía sucederlo).
Como en la época feminismo no había y la «Liberté, Fraternité, Egalité» todavía no llegaba, cuando Carlos, que no había logrado controlar esa guerra santa, falleció, era necesario nombrar un hombre, porque la única heredera era Margarita.
Cuando le propusieron a Enrique convertirse al catolicismo para casarse con la heredera y acceder al trono, pronunció aquella también famosa frase: «París bien vale una misa».
Pollo dominical, trajes verdes y reputación colorida
Los monarcas franceses, en general, solían creer que si ellos estaban contentos, el pueblo estaba contento. Y creían que sus logros y conquistas servían para algarabía general. Probablemente jamás le preguntaron a los pobladores qué pensaban. Enrique IV, en cambio, gobernó con otra mirada: quería que todos tuvieran un mejor pasar económico, aunque es posible que tampoco haya hecho demasiadas encuestas.
Quería, según otra frase que se le atribuye, «un pollo en la mesa de las familias campesinas cada domingo». Hoy le dirían populista.

Una vez en el reino, no andaba sobrado de amor para su esposa y empezó a entreverarse con jovencitas, con quienes se encontraba a orillas del Sena, en el sauce de la isla.
Para no ser descubierto, se vestía todo de verde. El supuesto camuflaje no le sirvió de mucho: alguien lo vio y difundió la noticia entre los habitantes de la zona, que al instante lo bautizaron como «El galante verde».
Esa exposición no hizo mella en la voluntad del populista Enrique, que siguió usando la indumentaria de ese color durante muchos años.

Y aquí viene el desenlace de la historia: los años pasaron, Enrique siguió al frente del reino mientras continuaba sus trámites amorosos con jóvenes doncellas. Es decir, él envejecía, pero sus compañeras en el sauce tenían la misma edad que las compañeras que tuvo en sus primeros años como rey.
Así pasó de ser «el galante verde» a «el viejo verde», inaugurando uno de los seudónimos despectivos más famosos del mundo.
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