Varanasi: la muerte en carne viva y con aroma a sándalo

Un grupo de hombres –seis, tal vez siete– vestidos de blanco lleva una camilla de cañas sobre sus hombros. Cantan algunos mantras. No parecen tristes; más bien se diría que celebran. En la camilla hay algo envuelto en telas de varios colores, aunque predomina el naranja. Ese algo que transportan es un cadáver a punto de ser cremado a orillas del río Ganges.

Aquí, la muerte no es un duelo tan oscuro como en Occidente. Los hindúes creen que si su cuerpo es cremado en Varanasi y sus cenizas son arrojadas al Ganges, alcanzarán el Nirvana y terminarán con el ciclo de reencarnaciones para vivir la vida eterna.

El curso del río en Varanasi está repleto de escalinatas, que aquí se llaman ghats. Las cremaciones se realizan en el ghat Manikarnica. Hay entre 200 y 300 incineraciones diarias.

El crematorio funciona las 24 horas, los 365 días del año. No está permitido tomar fotografías “por respeto a los familiares” que despiden ahí a su ser querido.

El ritual del fuego

Los rituales son llamativos: conviven —¿conviven?— con niños que juegan en el agua, vacas, vendedores, familiares de difuntos y un sinnúmero de curiosos. Todo se hace al aire libre, el río a unos metros.

En los alrededores del ghat hay decenas de puestos para adquirir la leña necesaria para la cremación. «Se necesitan 360 kilos de leña para quemar totalmente un cuerpo», aseguró un guía ocasional, de esos que nadie llama pero siempre aparecen buscando algún beneficio.

El precio de la madera es incierto si no vas a comprar. Los guías aseguran que ronda las 400 rupias (unos 5 dólares) el kilo, pero un comisionista dijo que valía menos de un dólar.

La diferencia se debe a que el guía, al culminar su explicación de la ceremonia, pide una donación de «uno, dos o tres kilos de leña, lo que le diga su corazón». Pero no aceptan que uno compre la leña; quieren el dinero para “dárselo a la familia” del difunto que estuvo viendo arder. Son los mismos que te piden que no saques fotos por “respeto a los deudos”.

Las cremaciones tienen lugar en una especie de balcón pegado al río, que cada vez está más cerca porque el nivel del agua creció hasta hacer desaparecer varios escalones. A la zona solo ingresan los encargados de llevar los cuerpos y la leña, y el hijo mayor (si el difunto es hombre) o el marido (si la incinerada es mujer).

El resto de los dolientes se acomodan en un templo cercano que permite una vista privilegiada del increíble proceso o en los alrededores del propio balcón. Permanecen allí varios minutos y después van a buscar refugio a otros templos, bares y lugares cercanos. Un cuerpo tarda más de 3 horas en consumirse por completo. Durante todo ese tiempo, el hijo mayor o el marido acomodan el fuego con una caña.

Prohibido llorar

En el lugar de las cremaciones no corre una sola lágrima: por tradición, no está permitido llorar. Esa disposición sirve como argumento para impedir el ingreso de mujeres a la zona: «Son muy emocionales», afirman los guías.

Los cuerpos nunca arden totalmente: siempre queda intacto el hueso del esternón en los hombres y el de la cadera en las mujeres. Todo —cenizas, partes óseas que no se quemaron y brasas— es ofrecido luego al Ganges. Así, los muertos alcanzan la «iluminación», según la creencia hindú.

Cuando el cuerpo ya está casi reducido a cenizas, el encargado del fuego le pega con la caña al cráneo del difunto hasta romperlo: al romperse el cráneo, se rompen también las puertas del cielo para permitir su ingreso.

Quién se quema y quién no

No todos pueden ser convertidos en cenizas en este lugar. “Los hombres santos, los niños menores de 11 años, las mujeres embarazadas, los leprosos y los que mueren como consecuencia de la picadura de una cobra están exentos del ritual porque ya están iluminados”, describe un indio que observa la ceremonia.

Esos restos son arrojados completos al río, atados a una piedra para que se hundan. A veces las cuerdas se cortan y los cuerpos flotan a la vista de todos.

Tampoco ladrones, asesinos y malvivientes en general tienen lugar en el ghat. Por sus pecados no tienen permitido alcanzar el Nirvana, por lo que son quemados en otra zona de la ciudad mediante un sistema que funciona con electricidad.

El fuego de las cremaciones es natural: no se utiliza ningún combustible y la primera llama proviene de un sector ubicado debajo del «balcón», donde el fuego no se apaga nunca.

Al contrario de lo que puede imaginarse, los cuerpos quemándose no despiden un olor tan fuerte, aunque podría decirse que es similar al pollo frito. La gente de la zona remarca que es por la leña de sándalo, cuyo aroma es más potente que el de la carne y los huesos ardiendo.

Históricamente, los encargados de administrar las cremaciones son los Dom, una familia que, pese a las miles de rupias que recaudan todos los días, sigue perteneciendo a la casta más baja. Un habitante local cuenta un mito: los Dom eran tan pobres que el nacimiento de un niño, en lugar de llenar de alegría a la familia, los envolvía en tristeza porque sabían la vida miserable que le esperaba al nuevo integrante.

Varanasi, caos y fe

Toda la escena parece un submundo dentro de otro mundo que lleva el nombre de Old City, el centro de la ciudad. La zona, pegada al Ganges, tiene variada actividad cada día: hay pujas (ofrendas) a Mama Ganga, gente que se baña en el contaminado lecho para limpiar su karma.

A pesar de ser el lugar más visitado por turistas —o quizá porque es el lugar más visitado por turistas—, abundan la suciedad, las vacas caminando por la calle, el caos peatonal y vehicular en sus estrechos pasajes, vendedores de todo tipo de productos comidas infusiones, los comisionistas y los ofrecimientos de cocaína marihuana hachís. Así y todo, la ciudad es sagrada no solo por las cremaciones sino también por la devoción a Shiva, uno de los dioses más importantes del hinduismo.

Hay, repartidos en un perímetro no demasiado grande, un sinnúmero de templos dedicados a diferentes deidades. Uno de los más famosos es el «Templo de los Monos», dedicado a Hanuman, el dios mono, donde no se puede molestar a esos animales que transitan libremente por todo el predio. También está Vishwanath, una edificación que, si bien tiene como figura central a Shiva, cuenta entre sus deidades a una cobra.

En el centro de Varanasi Old City está el «Templo Dorado» del hinduismo. Allí, supuestamente, 200 kilos de oro adornan la edificación. El lugar tiene custodia policial permanente por ser blanco constante de amenazas de bomba por parte de presuntos grupos islámicos.

Pero todo termina en las cremaciones y en los comisionistas. Al final del día, de cualquier día, se acerca un indio para explicarte el ritual. Le decís que no hace falta, que ya lo viste, que ya estuviste. Entonces, directo, te pide plata. Al menos es más honesto con lo que quiere.


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