La mitad para arriba del edificio parece a punto de caerse. En la vereda hay un techo similar a los que se usan para proteger a los peatones cuando hay obras en construcción. Pero la estructura no se ve capaz de soportar el peso de toneladas de hierros y hormigón.
Transeúntes, pasajeros del transporte público, automovilistas pasan por ahí y casi ni lo miran, como si existiera una confianza colectiva en que no se va a venir abajo. No les falta razón: hace 25 años que no se cae.

El edificio está en el centro de la ciudad de Belgrado (Serbia) y es el Ministerio de Defensa de Yugoslavia bombardeado por la OTAN en 1999, como represalia a la guerra de Kosovo.
Un año antes, Kosovo quiso aprovechar la división de la extinta República Federativa de la tierra de los eslavos del sur y declaró su independencia. El gobierno no estuvo de acuerdo y atacó. La OTAN intervino y bombardeó Belgrado, antigua capital yugoslava, ahora capital de Serbia.
Como resultado, Kosovo fue reconocido como país por la mitad de los Estados que conforman la ONU. Para la otra mitad (Argentina incluida), sigue siendo una provincia autónoma de Serbia.
El Ministerio de Defensa no fue el único sitio de la ciudad bombardeado, pero es el más notable. Sobre todo porque quedó ahí, como una cicatriz de un pasado reciente que se niega a desaparecer, al igual que el conflicto con Kosovo.

La imagen es fuerte: el lugar está a pocas cuadras del río Sava, no muy lejos de la plaza de la República, el centro del centro de la capital, y hasta forma parte del “circuito turístico” habitual.
Belgrado bajo cero
El pasado serbio marcado por el belicismo contrasta -¿contrasta?- con una profunda fe religiosa. Hay muchas iglesias ortodoxas, repletas de frescos, íconos y detalles dorados, como si fueran galerías de arte sacro. Elevada concurrencia de feligreses, todo el tiempo: llegan, se santiguan con una o varias imágenes, sacan fotos, alguna selfie, dejan una donación, se van.

Siempre mujeres muy producidas: mucho maquillaje, ropas de salir, gorros última moda.
Siempre hombres muy sobrios de vestimenta.
Siempre, todos, caras serias.

Durante el invierno, en Belgrado hace mucho frío y el sol acompaña poco: amanece después de las 7 y a las 16.30 ya es de noche. A veces nieva y el manto blanco queda en las veredas congelado y peligroso durante varios días.
La zona céntrica de la ciudad está delimitada por los ríos Sava y Danubio. El hielo no impide los paseos: la plaza de la República, el Kalemegdan, los museos, la peatonal Кнез Михаилова, los cafés y los locales de comida rápida, atiborrados hasta bien entrada la noche.
El ritmo de la ciudad desafía al frío, pero no a la memoria, que se abre paso no solo en las heridas visibles sino también en rincones donde se la preserva, como el Museo de Yugoslavia.

Tito
Aunque hace 35 años que Yugoslavia ya no es Yugoslavia, la historia del país que fue tiene su recuerdo en la capital serbia. El Museo de Yugoslavia y la Casa de las Flores, el mausoleo donde descansan los restos de Josip Broz Tito, están en el mismo predio, alejado del ruido del centro. Recorrer las salas es sumergirse en las épocas turbulentas que forjaron esta ya lejana nación.
El complejo tiene tres edificios y dos muestras permanentes: una dedicada al rey Alejandro I de Yugoslavia y otra sobre los momentos posteriores a la muerte de Tito.
El reino de Yugoslavia se creó en 1918, después de la Primera Guerra Mundial. El territorio pertenecía antes al imperio austro húngaro, que lo había disputado con el imperio Otomano. En el 18, se fundó «el reino de los serbios, croatas y eslovenos» y en 1929 el nombre mutó a Yugoslavia.
De ese zigzagueante pasado, da la sensación de que es el imperio Otomano el que mayor legado dejó, al menos en cuanto a costumbres. Miki -serbio, 50 y tantos, almuerza y cena salchichas medio fritas medio hervidas, mientras toma yogur- dice que los serbios son muy parecidos a los turcos. «Comen comida turca, toman mucho café como los turcos, fuman mucho como los turcos«, dice así, en tercera persona, como si él no fuera. No vi a tantos tomar café, pero si vi a muchos fumar mucho.
Alejandro I era una especie de adelantado a su tiempo y trajo, según el documental, grandes desarrollos a la región. Incluso hizo, en su época, un puente colgante majestuoso, cuya réplica construye ahora el Gobierno, bastante menos vistoso. Ese puente, junto con otros que atraviesan los ríos, fue destruido en la Segunda Guerra Mundial, para evitar la invasión alemana.
De todos modos, Alejandro fue asesinado en 1934 por un grupo de rebeldes croatas mientras hacía una visita protocolar a Francia.
La distancia entre serbios y croatas es muy notable en los dos países: los serbios suelen tildar a los croatas de “nazis”, los croatas dicen que los serbios son rencorosos y crueles. Aunque esa grieta sea reciente, cuesta pensar en que formaron parte de un mismo país.
La otra muestra lleva el título de «Ha muerto el camarada Tito«. El paseo incluye una serie de documentos, fotografías, diarios, revistas, de los días posteriores al fallecimiento del presidente de la República Federativa.

Tito llegó al poder después de destacarse como héroe de la resistencia en la segunda guerra. Era militar (mariscal) y afiliado al Partido Comunista. Si bien en un principio se acercó a la Unión Soviética, con los años se diferenció bastante y, en plena guerra fría, encabezó el Movimiento de Países No Alineados, la famosa tercera posición.
Eso le permitió situarse equidistante de Estados Unidos y la URSS, con los beneficios que podía sacar de ambos para su gobierno. La gestión de Tito, hasta 1980, mezclaba la fuerte presencia estatal con cierta libertad de mercado. Así, Yugoslavia -que dejó de ser reino en la postguerra- logró cierta estabilidad. A partir de su muerte, todo se empezó a desmoronar, hasta llegar a la división que todavía tiene capítulos, como el de Kosovo.
Hospitalidad otomana
Los serbios son más hospitalarios de lo que parecen. Eso Miki no lo dijo, pero tal vez esté vinculado; los viajeros saben que en los países que pertenecieron al imperio Otomano la gente suele ser muy generosa, y aquí también queda esa sensación.

Cuando uno piensa en los serbios imagina personas frías, distantes, poco afectos a demostrar, pero en la calle se ve otra cosa. Amigos que se dan un abrazo cuando se encuentran, parejas que se besan apasionadamente en la vía pública, grupos que ríen juntos, padres y madres que muestran cariño a sus hijos.
Nada raro, salvo que la imagen que se tiene de ellos es diferente. Por algo dicen que viajar te quita los prejuicios.

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