La República de Tatarstán se cree un país. Tiene un presidente, una bandera, cierta autonomía, una cultura muy diferente al resto, el islam como religión mayoritaria. Pero también tiene un problema: no es un país, es parte de Rusia. Aunque no quiera.
“Es como ustedes con la colonización de España; la diferencia es que ustedes pudieron independizarse, pero nosotros estamos rodeados por Rusia, no podemos”, cuenta Damir, guía turístico tayiko, radicado hace años en Kazán, la capital de Tatarstán.

Detrás de Moscú y San Petersburgo, Kazán es la “tercera capital” rusa. No por decreto, sino por mérito propio: tamaño, peso económico, vitalidad cultural. Está ubicada al este de Moscú, a orillas del río Volga, y tiene una importante reserva de petróleo y gas.
“Hace unos años hubo un acuerdo y el Gobierno nacional no se llevaba tanto dinero de Kazán; ahora ese acuerdo se venció y no se renovó. La República pudo desarrollarse porque manejaba parte de sus fondos. Ahora no se sabe qué va a pasar”, relata mi guía.
Identidad en disputa
Durante mucho tiempo hubo reclamos, referéndums, proyectos de independencia. Ninguno prosperó, y es probable que ese sueño de los independentistas tártaros no se concrete nunca. Damir detalla que el Gobierno ruso promueve leyes que buscan borrar parte de la cultura propia de varias regiones que no se reconocen como parte de Rusia.

Como el territorio tártaro, otras zonas también intentaron alcanzar su independencia, sin éxito. Para evitar ese tipo de “rebeliones”, el Gobierno ruso prohibió que se enseñen dialectos y costumbres regionales en las escuelas. En el futuro, todas las lenguas que hoy se hablan en Rusia habrán desaparecido. Y con ellas, muchas de las costumbres de esas Repúblicas. Solo “lo ruso” está permitido, sigue Damir.
Damir es fanático del mate y del fútbol argentino. Habla un español casi perfecto, menciona a Maradona, Messi, las yerbas Andresito y Amanda, aunque dice que prefiere Rosamonte. Conoce muchos de los secretos de la ciudad y no ahorra precisiones.
Se alegra de compartir un mate con un argentino a orillas del Volga y cuenta que en Kazán conviven en armonía dos culturas: la musulmana, la original, la de Tartaria; y la rusa, producto de la conquista propiciada por Iván el Terrible, a mediados del siglo XVI.

Ese contraste es un punto clave para que la ciudad sea fascinante: hay musulmanes que hablan en ruso, hay rubias muy rusas con hijab, hay mezquitas e iglesias ortodoxas, hay pelmeni, shawarma y shashlik —con sus aromas característicos.
Cualquier ruso que la haya conocido la recomienda. “¡Oh, Kazán! Es una ciudad muy bonita”, suspiran al escuchar su nombre. “¡Tienes que conocerla!”, invitan.
Suyumbike, Lenin y el dilema de pertenecer
La ciudad tiene su propio Kremlin, construido a instancias de Iván el Terrible, en el mismo lugar donde se situaba el antiguo palacio de los Khanes que gobernaban el territorio tártaro. Allí funcionan edificios administrativos, mezquitas, iglesias y hasta la residencia del presidente de Tatarstán. Hoy es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.
Aunque todo parezca antiquísimo, muchas de esas construcciones fueron levantadas hace pocas décadas. Tras el período soviético, buena parte del Kremlin y del casco histórico fue reconstruida como réplica de la arquitectura tártaro-musulmana previa a la conquista rusa.

Uno de los edificios más conocidos de Kazán es la torre inclinada, también llamada Torre de Suyumbike. Un mito cuenta que allí una reina viuda (Suyumbique) se arrojó al vacío cuando supo que Iván venía a buscarla para casarse con ella. Pensaba —o sabía— que negarse no era una posibilidad, y por eso tomó la decisión.
Fuera de la ciudadela también hay iglesias y mezquitas, que comparten espacio con museos, grandes parques, fuentes de agua, torres de viviendas, el malecón del río Kazanka y sus 50°C en verano.
Damir me dice que tengo que conocer la famosa Universidad de Kazán, que yo no había sentido nombrar jamás. Me lleva hasta una estatua de Lenin y me señala la ironía: el expresidente de la Unión Soviética solo pudo estudiar unos meses en esa casa de estudios, y lo expulsaron por participar de actividades políticas. Ahora no solo está presente en el monumento: la casa de su familia se convirtió en un museo en su honor.

Así es Kazán: belleza, petróleo, represión y la certeza de que lo suyo no le pertenece del todo. Fue fundada en el año 1005 por los tártaros. Allí desarrollaron sus costumbres, su cultura, su idioma. Ahora, sus descendientes saben que van camino a perder todo eso.
Como la reina Suyumbike, Kazán también duda si negarse es posible.
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