La suerte del turista (y la desgracia de otros)

Después de un viaje más largo que prometedor, el bus nos dejó en lo que llaman la ‘terminal’ de Sauraha, el preludio de un destino agridulce. Es apenas un descampado desde el que se ven unas pocas casas a lo lejos, con una abundante vegetación como telón de fondo. La postal se completa con una precaria casilla donde se venden los boletos. Unos 30 conductores de jeep se agolpan ante la puerta del micro para disputarse a los turistas. Las ofertas son sospechosamente variables: van desde los 10 centavos hasta los 5 dólares para un viaje hasta el centro del pueblo. En rupias nepalíes, eso es mucha diferencia. Algo no cierra.

Los 150 kilómetros que la separan de Katmandú se convierten en una travesía de unas 7 horas. El bus cae en baches a cada paso y casi nunca supera los 20 kilómetros por hora de velocidad.

El negocio del engaño

Lo que no se ve desde la parada de los autobuses es que el centro –y casi toda la localidad– queda a solo 500 metros. El conductor que me traslada dice que tuve suerte en elegirlo, porque me va a llevar al mejor hotel, con las mejores excursiones disponibles al Parque Nacional de Chitwan. Le digo que ya tenía una reserva y promete no cobrarme el viaje a cambio de escuchar las ofertas del conserje. Fue un buen negocio.

Sauraha aparece en el mapa turístico de Nepal por su impresionante selva. Ubicado en el centro-sur del país, en la región de Terai, tiene una población de unos 5 mil habitantes que se dedica, en su gran mayoría, al comercio. Todo tiene un precio injustificadamente alto, desde un paquete de papas fritas hasta una habitación de hotel.

En el alojamiento tengo que esperar a Su-Raj, el conserje, que parece que solo va cuando llega algún cliente. Su-Raj es joven, inquieto, y parece condensar la imagen que uno tiene sobre los habitantes de esta parte del mundo: su rostro amable, su piel oscura, su pelo lacio bien negro, sus ojos un poco rasgados. Habla mucho y muy rápido, difícil seguirle el ritmo.

Con su verborragia que casi necesita subtítulos, asegura que muchos intentarán estafarme, que los precios de los paquetes arrancan en 30 dólares, que conviene recorrer el parque por fuera —aunque también haya que pagar para eso— y, sobre todo, que “si tienes suerte, vas a poder ver rinhos”. Esa última frase la repite con énfasis, como si gritara: “no vas a dar crédito de lo afortunado que sos”.

De su extenso catálogo, Su-Raj me ofreció una opción intermedia: la excursión de un día por la selva, con dos guías, con almuerzo y paseo en canoa incluidos. El paseo arranca al otro día a las 7:00 y se extiende por unas 12 horas.

La postal incómoda

Con el check-in y el tour ya resueltos, aproveché lo que quedaba del día para recorrer la particular localidad. Decenas de vendedores me salen al paso, me ofrecen caminatas, safari en jeep o en elefante, y hasta afirman que, con ellos, es casi seguro que podré ver tigres, cocodrilos, monos, osos y aves. Siempre, aclaran, si tengo suerte.

No muy lejos del hotel hay un gazebo de madera y chapa con una figura imponente: un elefante parece protegerse del sol en plena ola de calor. O eso creo.

Cuando me acerco, veo que no es así. El elefante tiene atado uno de sus pies a una cadena gruesa. No se resguarda: no puede salir de ese techo.

No fue la mejor imagen para llevarse. Por eso, mientras recorría la selva al día siguiente, el recuerdo volvió. Y con más fuerza.

El safari y la cruda realidad

La excursión por el exterior del parque incluye un paseo en canoa –que no te lleva a ninguna parte y te devuelve al punto de partida– y la visita al centro de reproducción de elefantes.

En todo momento, va un guía adelante, que señala el camino, y otro detrás para que el turista no se pierda. En el trayecto es casi imposible observar una gran variedad de animales. Solo un par de cocodrilos y bambis a lo lejos y muchas aves de diferentes especies. Luego vegetación y más vegetación, sumada a algunas huellas de osos y tigres que quedaron marcadas gracias al barro formado por las persistentes lluvias de la época.

En la primera parte del recorrido, se entremezclan los sonidos de la naturaleza con las voces y los pasos de los guías y turistas. Ya después del almuerzo, todos se dispersan , lo que, en teoría, debería facilitar el encuentro de animales al no haber tanto ruido que los ahuyente.

Cuando aparece un rinoceronte, los guías festejan la «buena suerte» del turista por poder verlo. A decir verdad, es casi el único tipo de animal que se logra avistar.

La desgracia de otros

La visita al centro de reproducción de elefantes estatal promete un aprendizaje breve, resumido, sobre la conservación. Pero las explicaciones de los encargados son pobres y no hay ni un folleto que brinde algún detalle. Lo que sí hay es una multitud de turistas que se sacan fotos y siguen su camino.

Los paquidermos son utilizados para transportes de diferente naturaleza y para diversión del turismo. Los enormes animales permanecen en cautiverio desde su nacimiento, atados con una cadena que les otorga una mínima posibilidad de movimiento, y son hostigados desde muy pequeños para que obedezcan las órdenes de sus cuidadores.

Los llamados ‘mahouts’, lejos de la figura mítica que se les atribuye, los castigan con una especie de hacha que, en algunos casos, les dejan lastimaduras visibles y permanentes.

Cuando ya son adultos, «trabajan» llevando pesadas cargas. A pesar de su tamaño no deberían llevar encima más de 100 kilos y, sin embargo, a veces los montan hasta 4 o 5 turistas por «paseo».

En ese centro estatal, no solo crían elefantes sino que también “entrenan” a los que nacen en otros criaderos privados, como el que está a la vuelta del hotel.

La suerte del turista

Al dejar Chitwan, la selva queda atrás y lo que vuelve no es el sonido de la naturaleza, sino el ruido de las cadenas. Al final, la suerte del turista también depende un poco de lo que decida no ver.


Descubre más desde Viajar para contarlo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario