Skopje, la ciudad que quiso ser todas

Hay ciudades que sorprenden por su inmaculada limpieza, otras por su increíble nivel de suciedad, algunas por su magistral interculturalidad, o incluso por la majestuosidad de sus monumentos y construcciones. Pero también está Skopje, que tiene todo eso junto y un sinfín de sorpresas, que no siempre son agradables.

Skopje es la capital de Macedonia del Norte, país situado en el noreste de Europa. Es una ciudad fascinante, que activa todos los sentidos. Para bien y para mal.

El bus ingresa por una zona en la que el aseo y el orden no se erigen como virtudes: papeles, envases, cartones sobrevuelan; hay muchos baches y caos vehicular; corre agua —¿servida?— por algunas esquinas. A medida que se acerca al centro, la imagen ya es otra: empieza a aparecer una enorme cantidad de estatuas, aunque, en la vista rápida, no queda claro a quién homenajean.

Alejandro Magno es imponente y se deja ver desde varios sectores, pero ni siquiera se llama Alejandro Magno. La madre Teresa de Calcuta le reza a un puesto de kebab. Por alguna extraña razón, el toro de Wall Street posa en la peatonal céntrica.

“Roban pero hacen”

Un polémico proyecto gubernamental de 2009, llamado Skopje 2014, se propuso remodelar la ciudad para convertirla en un centro turístico. La iniciativa fue impulsada por el presidente Nikola Gruevski, del partido VMRO-DPMNE, pero fue su sucesor Gjorge Ivanov quien llevó adelante las reformas.

En ese período se construyeron los puentes de la Cultura y del Arte, a pocos metros de un histórico puente de piedra, y se instalaron cientos de obras y esculturas, sin demasiado criterio. Alguien intentó bautizarla como “la ciudad de los mil monumentos”.

Los guías turísticos independientes dicen que todo está hecho con material de pésima calidad: las estatuas ya tienen partes oxidadas, y las supuestas construcciones de mármol no son más que material pintado, con manchas de moho.

Esas obras, acusan, están atravesadas por graves sospechas: se habla de un presupuesto millonario —algunos estiman 500 millones de euros— que debía permitir el uso de materiales de calidad, y no que todo empezara a destruirse menos de diez años después.

Hay estatuas que no tienen nombre, y mucho menos una referencia para saber de quién se trata. Los guías dicen que lo único que interesaba era terminar el trabajo para cobrarlo.

Todos los nombres, el nombre

La búsqueda de una nueva identidad nacional tiene raíces más profundas. Macedonia es una región —como la Patagonia, por ejemplo, compartida entre Argentina y Chile— que, por tantas conquistas, reconquistas y desconquistas, quedó dividida en dos: una parte en el norte de Grecia, y la otra, el país que hoy se llama Macedonia del Norte.

Entre ambos siempre hubo disputas: por el origen de Alejandro Magno y por el uso de los símbolos históricos de la Macedonia de aquella época.

El país fue parte del Imperio Otomano, del Austrohúngaro, del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, que luego se llamó Reino de Yugoslavia. Tras la Segunda Guerra Mundial, quedó bajo la República Federativa gobernada por Josip Broz Tito.

Por esos años, Skopje creció como una referencia en el sur de los Balcanes, pero un terremoto en 1963 destruyó gran parte de sus monumentos y edificios. Se reconstruyó durante el período comunista, pero todo se frenó con la independencia, en 1991.

Los macedonios se retiraron de la República Federativa simplemente al anunciar su partida; no hubo guerra ni conflicto. Primero fueron República Independiente de Macedonia, pero en 1995, por las diferencias con Grecia, pasaron a llamarse Antigua República Yugoslava de Macedonia.

Desde entonces, la economía no logró repuntar. Y el gobierno, para salir de una crisis prolongada, en 2018 comenzó a reunir los votos necesarios para ingresar a la Unión Europea.

Grecia vio la oportunidad y prometió apoyar la solicitud, con una condición: cambiar el nombre del país y dejar de ponerle a todo Alejandro Magno.

Por eso, el monumento del héroe nacional no lleva su nombre, sino que se llama el guerrero a caballo, y el país le agregó “del Norte” a su denominación.

Los héroes nacionales

Skopje se enorgullece de sus figuras históricas, aunque su forma de destacarlas sea llamativa.

La madre Teresa de Calcuta no es de Calcuta —ni de Albania— sino de Skopje. En las peatonales que marcan el centro de la ciudad se levantan dos memoriales en su honor: uno con placas en el sitio donde nació, bajo el nombre de Agnes Gonxha Bojaxhiu — la madre Teresa, al recibir un reconocimiento en su ciudad natal, plantó tres pinos, aunque uno ya se secó.

El otro memorial está en el lugar donde fue bautizada: un pequeño museo con fotos, una estatua, algunos manuscritos y la réplica de su habitación en la organización Misioneras de la Caridad, en India. A pocos metros hay otra imagen pequeña: la que parece rezarle a una casilla de comida árabe.

Filipo II está representado por una enorme estatua en la plaza principal, en el centro de Skopje, del lado del antiguo bazar, que es en realidad un barrio turco, con callecitas entrelazadas, llenas de comercios y cafés, con su aroma característico y sus vendedores insistentes.

La zona es una clara herencia de la presencia otomana durante medio siglo. Frente a Filipo está el puente de piedra, una obra maestra de la construcción antigua, y, más allá, el centro del centro: el descomunal monumento de Alejandro Magno.

Los mil monumentos

La idea de construir mil monumentos se les fue de las manos: hay una puerta similar a la de Brandenburgo, en Berlín; un arco de triunfo muy parecido al de París; actores con máscaras venecianas.

Es una ciudad plagada de vehículos que transitan a gran velocidad por sus anchas avenidas, aunque con máximo respeto a los peatones, incluso en zonas sin semáforos. Aunque también estacionan sobre las veredas y en calles tan angostas que apenas cabe un auto.

Como toda población antigua, tiene una fortaleza, llamada Kale, que también fue parcialmente destruida por el terremoto, pero que aún conserva parte de su estructura. La construcción data de los siglos X y XI. Quien la mandó a construir fue el emperador Justiniano I, que —faltaba más— también tiene su estatua junto al puente de piedra.

La ciudad tiene otros rasgos llamativos: colectivos rojos de dos pisos, iguales a los de Londres, para el transporte urbano; basura desparramada; grafitis por todas partes, algunos que incluso tapan la escasa información de los monumentos culturales.

Parece una ciudad bastante segura, aunque todas las bicicletas, motos y monopatines tienen cadenas, y las casas, rejas, alarmas y cámaras. Se puede andar de noche —que en invierno empieza a las 16.30— sin mayores inconvenientes, pese a que el alumbrado público escasea fuera del centro.

La cantidad de comercios es desproporcionada para los 700 mil habitantes. Incluso hay un par de shoppings desmesuradosvarias manzanas de locales— y unas cuantas decenas de casas de apuestas.

La ciudad que quiso ser todas

Skopje quiso contar una historia épica sin apegarse a casi nada: ni a la realidad, ni a su propia historia. A metros de la puerta de entrada a la plaza, una escultura de un griego desnudo —¿Filípides?— porta una antorcha. Un guía cuenta que antes estaba realmente desnudo y eso generó polémica. La queja de los pudorosos llevó a una decisión: había que ponerle un taparrabos. Sin ninguna justificación, el taparrabos lleva una máscara veneciana.

Metros más atrás, en el mismo espacio, la puerta de Brandenburgo, que custodia a la diosa romana Victoria.

No hay placas. No hay contexto. No hay relato. Es una escena grandiosa, pero también desconcertante. Como un resumen de la ciudad que quiso ser todas.


Descubre más desde Viajar para contarlo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario