El corazón dorado de los sijs y las huellas de occidente

Amritsar guarda una herida profunda, de esas que suelen marcar comienzos. Allí, en Jallianwala Bagh, tuvo lugar una matanza que fue el punto de inflexión para que el joven abogado Mohandas Gandhi, que siempre había sido leal a la corona británica, abrazara la causa de la descolonización de la India.

El país estaba bajo el dominio del Imperio Británico desde mediados del siglo XIX y esa masacre, el 13 de abril de 1919, fue un capítulo clave en el camino que terminó con su independencia.

Situada a casi 500 kilómetros al noreste de Delhi, muy cerca de la frontera con Pakistán, es conocida por ese hecho histórico, pero también por su atractivo principal: el Golden Temple, de la religión Sikh o Sij.

Un arribo entre comisionistas y falsos peligros

Un siglo después, se llega a Amritsar en tren desde Nueva Delhi en unas nueve horas. Al bajar, hay que sortear decenas de comisionistas, conductores de tuk-tuk y rickshaws, estafadores varios: uno me dice que tenga mucho cuidado, porque la ciudad es “súper peligrosa”, está “llena de asaltantes armados”, y se ofrece llevarme en taxi a un buen hotel sin riesgo. Le doy las gracias y sigo. Las inmediaciones de la estación están de lo más tranquilas.

Afuera, los altoparlantes de las mezquitas marcan la hora del rezo, señal de que la religión musulmana tiene una presencia más fuerte que en otras ciudades de la India.

En todo el estado de Punjab, sólo dos o tres personas tienen otra religión, el resto son todos sijs”, exagera Ginni, conserje del hotel en el que pasé la primera noche en la ciudad.

Ginni es flaco, alto, moreno, barba de dos o tres días, se viste como americano –solo le falta una musculosa de la NBA. Es un hallazgo: hablar con la gente de aquí es difícil, por mi pobre inglés y el de ellos, mezclado con hindi u otras lenguas locales.

Ni pensar en un breve diálogo en español: Ginni aseguró que no abundan los turistas hispanohablantes y que era la primera vez que él entablaba conversación con uno.

Le digo que voy a salir a fumar y me dice que no, que fume adentro del hotel. Me suena raro, pero lo entenderé después. Aprovecho para preguntarle sobre el Templo Dorado. Afirma, rotundo, que “es la única visita obligatoria” que tengo que hacer; y que me tome un tuk-tuk porque queda a unos 3 kilómetros.

Rumbo al Templo

A la mañana siguiente, voy en un rickshaw que me deja a mitad de camino: por las obras en construcción, el vehículo no puede avanzar. El recorrido que sigo es casi recto y desde lejos se empiezan a ver las cúpulas del Templo. Aunque parece tan cercano, el tramo se vuelve lento: una multitud se mueve entre cientos de vendedores callejeros y puestos de comida.

Se ve, también, una gran M amarilla inconfundible, casi donde termina esa calle. A 200 metros a la derecha del particular McDonald’s –sirve solo «comida» vegetariana– está el principal centro religioso de esta parte de la India. En el medio, claro, no podían faltar Pizza Hut, Subway y decenas de carteles de Coca-Cola y Pepsi.

En el camino identifico a los sijs, por su barba, su vestimenta y porque algunos portan un cuchillo en la cintura, que se llama kirpán y forma parte de la indumentaria religiosa. Los más jóvenes tienen el rostro cubierto de un vello que nunca fue ni será afeitado.

Pero ninguna de esas es la característica principal de los devotos. Lo que más resalta de ellos es su generosidad.

La religión podría sintetizarse –de manera reduccionista y parcial– en dos aspectos: su dios, al que llaman La Verdad, y su principio central, hacer siempre el bien a los demás. No es una frase hecha: lo ponen en práctica en cada momento y en cada lugar.

Lo veo a los pocos minutos, mientras recorro calles no tan concurridas. En la puerta de una vivienda común, hay un grupo de personas bajo un toldo. También hay una mesa con una olla gigante, y un barbudo con tres niños que sirven un líquido en vasos de plástico y los reparten.

Me quedo mirando el entusiasmo con el que realizan la tarea. El líquido, de un rosa intenso, parece un detergente. El barbudo me invita a acercarme con una seña y me ofrece un vaso naranja. Lo recibo con algo de desconfianza hasta que lo pruebo. Tiene un poco de gusto a jabón, pero es refrescante, y una bendición con 40°C a las 10 de la mañana.

Precios justos, mujeres insistentes

Esa misma solidaridad está en sus locales de comida: cobran lo justo por un menú, que en otro lugar costaría el doble y en McDonald’s siete veces más. Te aumentan la ración todas las veces que pidas y te sirven agua corriente a gusto y sin costo.

Camino a la “visita obligatoria” me sale al cruce una mujer, alta, 50 y tantos, su sari verde gastado, sus collares, su aro en la nariz. Me dice algo que no entiendo. Refriega su dedo índice con el pulgar, y luego se lleva la mano a la boca, como si tuviera un bocado invisible. Quiere plata para comprar comida.

Le digo que no tengo –y es verdad, no tengo efectivo–, pero le indico el Templo, porque sé que allí se puede comer gratis. No me entiende –o no le gusta mi propuesta– y me insiste. Le pido disculpas y sigo.

Pero se viene atrás mío y me agarra un brazo. Cuando logro soltarme, otras mujeres me hablan –me gritan–, les digo que no entiendo y continúo mi trayecto. Hacen algunas señas que no necesito traducir para saber que me están mandando a la mierda.

El Templo Dorado

Llego al complejo. El Golden Temple no es todo dorado, pero alberga varios kilos de oro en una capilla interna que contiene el Libro Sagrado de los sijs.

El edificio no tiene puertas. El ingreso y la salida de personas es constante. Frente a la entrada hay una pequeña plaza con una fuente, epicentro de innumerables selfies, largas siestas y muestras de fe. Hay actividad religiosa permanente: en todos los rincones del templo, músicos entonan oraciones, devotos leen el Guru Granth Sahib, el texto que guía la vida espiritual de los sijs.

También hay hospitalidad: se sirve almuerzo y cena, agua o jugo todo el día, y se brinda alojamiento a los viajeros. Todo es gratuito, aunque son bien recibidas las donaciones y hay muchos receptáculos donde dejar dinero.

Entro descalzo y con un pañuelo que saqué de un recipiente a metros de la entrada. Es la única regla: sin calzado y con el pelo cubierto.

La capilla dorada solo es visitable por turnos, durante algunos segundos. Pasamos en fila, nos detenemos frente al Libro, seguimos hacia la salida.

Amritsar y occidente

Amritsar se incorpora al mundo globalizado, pero con algunos detalles. Está prohibido fumar en toda la ciudad, hay carteles con números de teléfono para denunciar fumadores e incluso se cobran cuantiosas multas a los infractores; «smoking here is an offense», dice una leyenda presente en comercios, plazas y otros espacios públicos.

Sin embargo, los kioscos están repletos de Marlboros y Camels a la vista de todos.

Con el fuerte aroma a comida, el polvillo de las construcciones y el smog, es difícil detectar el olor a cigarrillo. Aun así, los fumadores se esconden. Quizá por vergüenza, tal vez para no pagar.

Mientras los veo, recuerdo a Ginni y su invitación a fumar en el interior del hotel. Esa escena me ayuda a entender la lógica local: la norma está, pero la práctica cotidiana tiene matices.

A los sijs, en realidad, no parece importarles que pagues la multa o que te descubran con un cigarrillo en la mano. Prefieren explicarte que no hay que fumar porque «impide el desarrollo físico, psíquico y espiritual». Esa también es, para ellos, una manera de cuidar al otro.


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