Al bajar en la escalera de la estación del metro Moscovskiy, en Nizhny Novgorod, con una Coca-Cola de medio litro en la mano, me paran dos policías. No voy a tomar el metro; solo quiero cruzar la avenida, algo imposible sin ese túnel.
Uno de los efectivos, rubio y grandote, me habla. La otra es mujer: alta, corpulenta, seria, rusa a más no poder. No dice nada; solo se planta delante, como para impedir cualquier intento de fuga.
No pensaba fugarme, solo cruzaba la calle. Pero si lo hubiera intentado, al verla se me pasaban las ganas.
El policía dice algo que suena parecido a “documentos y visa”. Le muestro mi pasaporte –siempre lo llevo conmigo para estas situaciones y para evitar que “desaparezca” si lo dejo en el hostel–. Lo mira y me mira. Vuelve a mirar. No dice nada. Yo tampoco.
Se demora demasiado. Es cierto que hace semanas que no me afeito, que recién llego en un colectivo muy incómodo y probablemente tengo el rostro un tanto desfigurado. Aun así, considero que no tengo cara de sospechoso. Pero esa es mi opinión; no la de ellos.
Me acordé de Miguel Strogoff, la novela de Julio Verne, que en uno de sus capítulos recorre Nizhny Novgorod con la misma sensación de vigilancia. En la ficción, el protagonista recibe un mensaje secreto del zar, cambia de nombre, se disfraza de comerciante y empieza a correr peligro.
Yo no llevaba mensaje ni disfraz –y tampoco correría gran peligro–, pero aun así…

La actitud de los efectivos me llama la atención. En otras ciudades, los policías pedían documentos, preguntaban de dónde era, qué hacía por allí. Nunca había sentido, como ahora, que estuviera al borde de un interrogatorio.
Al rato me devuelven el pasaporte, la grandota se hace a un lado y entiendo que me dejan pasar.
Me voy.
Pequeñas memorias de viaje
Llego al hostel y siento la necesidad de averiguar si los policías aquí siempre actúan así o si solo la pareja que me tocó.
Inmediatamente me vinieron a la mente dos recuerdos cercanos. El primero: mi primer día en Rusia, cuando unos policías me pidieron los documentos mientras buscaba el metro que me acercara a mi destino inicial.
El segundo: Samara, caminando con la camiseta de Independiente. Me detuvo un patrullero. Me preguntaron de qué era la remera, de dónde era, si podía mostrarles el pasaporte –que nunca habían visto uno argentino–. También me consultaron si prefería Samara o Moscú, si me gustaban las mujeres rusas, y, con una sonrisa cómplice, cuál de las dos ciudades tenía policías más simpáticos.
En el hostel, la recepcionista se entretuvo más de la cuenta con mi pasaporte. Se tomó más de diez minutos: anotó mi nombre en alfabeto latino y en cirílico, registró mi fecha de ingreso a Rusia y revisó todo varias veces, hasta que me lo devolvió, encogiéndose de hombros, como si dijera: “bueno, qué más da”.

Quise preguntarle sobre eso a mi compañero de cuarto, pero solo come sandía y mira televisión, apenas vestido. Ni siquiera se volteó a verme cuando entré. Digo come sandía: la corta por la mitad y va sacando bocados con una cuchara, uno tras otro, hasta que termina y sigue con la otra mitad –o con otra sandía–.
Un pasado cerrado al mundo
Le pregunto a mi amigo Damir de Kazán, por mail, y me cuenta que la historia reciente de Nizhny Novgorod da sentido a esos episodios: hace no muchos años que los extranjeros pueden ingresar aquí.
En tiempos de la URSS estuvo cerrada a los visitantes porque allí se fabricaban submarinos, tanques, camiones, cañones, armas.
Este particular centro urbano está ubicado a unos 450 kilómetros al este de Moscú y no siempre se llamó así. Durante el período soviético cambió de nombre: pasó a llamarse Gorki, en homenaje a Maksim Gorki (seudónimo de Alekséi Peshkov), nacido aquí. Ese nombre se mantuvo hasta 1991, cuando volvió al original con la disolución de la URSS.
A pesar de las restricciones, Nizhny Novgorod siempre atrajo turistas: está ubicada en la confluencia de los ríos Oká y Volga, y es uno de los puntos principales por los que pasan barcos llenos de visitantes que recorren el curso de agua más grande de Europa.

Antes de formar parte de Rusia, la ciudad era un principado que resistió no menos de siete ataques tártaros. Luego, Iván El Terrible la anexionó. Y ahí sigue.
Además de los ríos, la urbe tiene un kremlin —esas fortalezas rusas que se levantan desde el siglo XII—. Como toda fortificación, tiene torres de vigilancia: el de Nizhny Novgorod, faltaba más, cuenta con 13. Hoy el edificio alberga museos y oficinas públicas; desde sus murallas se dominan los ríos y el centro histórico.
También hay, como en todo el país, numerosos homenajes a las víctimas y los héroes de la Segunda Guerra Mundial. Por su desarrollo naval, los más recordados son los integrantes de la marina rusa.

La ciudad es uno de los centros culturales importantes de Rusia, con patrimonio notable y vida museística intensa, aunque no sea de las más conocidas ni nombradas.
A lo largo de una peatonal que nace en el kremlin aparecen museos, monumentos y edificios antiguos. Muy cerca conviven templos de distintas religiones: una iglesia ortodoxa, una sinagoga histórica y una mezquita.
En una plaza, un monumento descomunal al famoso Maksim Gorki.

Como en otras localidades, lo más interesante gira en torno al casco histórico; el desarrollo posterior aporta sobre todo viviendas, algunos parques, plazas y —en Nizhny— puentes para cruzar el Volga y el Oká.
La ciudad que siempre resurge
El nombre también cuenta una historia: Nizhny Novgorod significa “la ciudad nueva de abajo”. Quizá sea una forma de nombrar sus constantes refundaciones, a las que se sometió tras los ataques tártaros y, más tarde, los rediseños soviéticos.
Es la ciudad que siempre surge, aunque no siempre quiere que la vean.

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