El Taj Mahal está repleto de leyendas: que cada elemento responde a una simetría perfecta; que al arquitecto lo dejaron ciego para que no repitiera la hazaña; que a los obreros les cortaron las manos para impedirles levantar otra maravilla. Ninguno de esos mitos parece comprobable.
Lo cierto es que, en Agra, al norte de la India, se levanta un cenotafio: un mausoleo descomunal que el emperador mogol Shah Jahan mandó construir entre 1631 y 1654 para sepultar a su esposa preferida.
Una de las declaraciones de amor más caras de la historia, financiada con impuestos imperiales y convertida en postal turística.

La favorita, el parto y la tumba
El complejo reúne varios edificios y un jardín interminable. La obra se considera la cumbre de la arquitectura mogol: mezcla de estilos indio, turco, persa e islámico. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1983 y figura entre las siete nuevas maravillas del mundo.
Shah Jahan lo hizo levantar para homenajear a su favorita: Mumtaz Mahal.
Mumtaz Mahal, que en realidad se llamaba Arjumand Banu Begum.
Mumtaz Mahal, que murió al dar a luz a su decimocuarta hija.

Amor, obsesión y precisión
Los guías agregan otra leyenda: el emperador pasó sus últimos seis años mirando el Taj Mahal desde el Fuerte Rojo de Agra, donde sus hijos lo encerraron mientras peleaban por el trono. Antes de contarlo, los guías siempre advierten: “Se dice que…”.
El edificio principal es de mármol blanco reluciente, con incrustaciones de piedras semipreciosas y versos del Corán en sus muros. Toda la construcción, jardines incluidos, respondió a una supervisión obsesiva: cada línea, cada flor, cada estanque repitió el deseo de un hombre por dejar su amor clavado en la piedra.

Shah Jahan era musulmán y su esposa también. La religión prohíbe ornamentar los sepulcros, así que las tumbas reales –la de él y la de ella– se encuentran varios metros más abajo. El cenotafio del emperador es el único que rompe la geometría perfecta del conjunto.
Vistas, precios y selfies
Aquí, como en muchos monumentos del subcontinente, las tarifas distinguen: los locales pagan unas pocas rupias; los extranjeros abonan bastante más —unos 15 dólares—. El amor eterno tiene su precio. El turismo, también.
Se entra por tres puertas; el cuarto lado da al río Yamuna. En la sala principal está prohibido tomar fotos, pero nadie lo respeta: los visitantes apuntan sus móviles como si fueran detectives discretos. Los flashes rebotan en el mármol y todos fingimos no haber visto nada.
El amanecer y el atardecer son los momentos más recomendados. Con suerte, el cielo se abre y el mármol estalla de luz. En época de monzones, la postal incluye paraguas, charcos y ropas empapadas.
Y está el ruido: los pasos sobre la piedra, el murmullo de los guías en inglés, en francés, en bengalí, el coro incesante de turistas que buscan el ángulo perfecto para retratar un amor que no es el suyo.

El Taj Mahal, cuyo nombre significa “Palacio de la Corona” en persa y árabe —“Taj” corona y “Mahal” palacio, título formal de Arjumand Banu Begum—, es la postal más famosa de la India.
El abuelo constructor
Shah Jahan fue nieto de Akbar, “El Grande”. Aunque más que grande, tal vez deberían haberlo llamado “El Constructor”. Fue él quien levantó Fatehpur Sikri, ciudad planificada como capital imperial que terminó abandonada por falta de agua. También mandó a edificar el Fuerte Rojo, con sus murallas inmensas y palacios de mármol y arenisca, porque el poder también se mide en toneladas de piedra.
Akbar se construyó además su propio mausoleo en Sikandra, con cuatro puertas, de las cuales tres nunca se usaron. Quiso un panteón familiar con referencias a las religiones de sus esposas —hindú, musulmana y cristiana—. Su tumba ocupa el centro exacto, alineada con el ingreso principal, como si aún quisiera controlar quién entra. Allí descansan también trece descendientes, hijos y nietos de «El Grande».

El príncipe impaciente
Entre Akbar y su nieto Shah Jahan gobernó Salim, el hijo que el emperador tuvo “gracias a la bendición” de un santo sufí. El muchacho no esperó la muerte del padre: intentó arrebatarle el poder, aunque no pudo.

Cuando finalmente subió al trono se hizo llamar Jahangir, pero la historia no lo trató con indulgencia. Amante del alcohol y de las mujeres —se casó con veinte—, delegó gran parte del gobierno en su esposa Nur Jahan. Ella aprovechó la oportunidad y ordenó levantar Itimad-ud-Daulah, el llamado “Baby Taj”, mausoleo de sus familiares y pequeña réplica de la gran extravagancia.
La herencia de piedra

Como en todas las ciudades patrimoniales, Agra está llena de guías insistentes, vendedores incansables y comisionistas que parecen convencidos de que el “no” es solo el comienzo de la negociación. Sí, es molesto. Pero basta ver el estado de conservación de edificios con más de 500 años para recordar que los mogoles construyeron palacios, fortalezas y mausoleos que perduran. Eso hace que -casi- todo valga la pena.
Hoy, en las fotos, ya no aparecen ellos: solo turistas sonrientes, que posan frente a tumbas imperiales. Como si el verdadero homenaje fuera la selfie.

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