Pocos minutos después de que el tren parte de San Petersburgo rumbo a Minsk, busco agua caliente y preparo el mate. Siempre resulta curioso: los pasajeros de los asientos cercanos se quedan mirando el proceso como si fuese un ritual. El paso siguiente nunca falla: alguien se anima y pregunta “¿qué es?”, “¿de dónde eres?”, “¿argentino?”, en el idioma que le salga. Esa primera chispa da inicio a una conversación. Con el preguntón, y también con los demás, que empiezan a acercarse.
Trámites imposibles
Ir a Bielorrusia parece complicado. En Rusia nadie supo precisar dónde ni cómo registrar la salida –y la entrada–, y la embajada argentina no aportó gran cosa. Pregunto a mis interlocutores ocasionales, ya en medio del camino, y tampoco saben. Uno le comenta la inquietud a un oficial encargado de “nuestro” vagón: la respuesta fue una mezcla de ruso y bielorruso que sonó más a “no tengo idea” o, mejor, “que se las arregle”.

El viaje hacia “la última dictadura de Europa” empieza a complicarse. No conozco a muchos que hayan estado en el país y las únicas referencias en las noticias son sobre su presidente: un tirano pro-soviético que gobierna con mano de hierro desde 1994, cuando se disolvió la URSS.
Los artículos de medios occidentales remarcan además que Aleksandr Lukashenko no es precisamente un iluminado: emite decretos en tal cantidad y con cambios tan abruptos que hasta la propia Policía a veces no sabe qué conductas son sancionables.
Sergei, cerveza y falsas preocupaciones
Mi compañero de asiento me dice que no me haga problema, que podré solucionar lo del ingreso cuando llegue, que él me va a ayudar, si es necesario. Se llama Sergei: grandote, barba casi prolija y una calvicie que ni siquiera es incipiente. Toma cerveza desde que se acomodó en el tren y me invita a comer. Habla en un inglés bastante peor de lo que él cree.
Llegamos a Minsk, no hay un solo policía. La oficina de Información está cerrada, todos bajan y siguen su camino. Hago lo mismo. Sergei me mira como si dijera “viste que yo tenía razón”. Le agradezco y seguimos cada uno por su lado.

Primeras impresiones
Es temprano en la capital bielorrusa: los bares todavía están cerrados, tengo que hacer tiempo –y desayunar– hasta que pueda entrar al alojamiento, casi en el centro de la ciudad. Es una habitación en uno de esos departamentos soviéticos de bloques de tres o cuatro pisos construidos para la población. Las viviendas no se cobraban: se entregaban a las familias que las necesitaban.
El anfitrión es muy flaco, muy joven y tiene un raro corte de pelo: parece un hongo. Me ofrece un té bielorruso, me marca las atracciones principales y me explica lo básico para moverme en el transporte público.
La Rusia blanca
A Bielorrusia le dicen “la Rusia blanca”, no solo por el nombre (“bieliy” es blanco), sino porque es bastante similar a su vecino. Sus habitantes se mezclan y hasta los viajes entre países se consideran internos: nadie tiene que siquiera pasar por aduana para ir de uno a otro.

Una ciudad sin opresión aparente
La ciudad no transmite la sensación de estar bajo un régimen de opresión. No hay militares ni policías en las esquinas, los molinetes del metro están abiertos, la gente pasea, saca a sus mascotas, corre desde temprano. Las calles están limpias, no hay mendigos ni colchones en las veredas. Eso sí: alguno que se pasó de copas duerme en la acera, pero no vive ahí.
Comparados con los habitantes de otras capitales, los minskianos parecen llevar la vida con más calma. Nadie se adelanta en las escaleras mecánicas, no corren por las calles, el tránsito circula sin bocinazos. En las arterias secundarias reina un silencio inusual para una ciudad de más de dos millones de habitantes.

Como si la supuesta dictadura sucediera más bien puertas adentro. Porque en la calle, Minsk parece todo lo contrario.
Vida cotidiana y memoria histórica
La vida en Minsk transcurre entre enormes parques, bodas al aire libre, bares y restaurantes casi siempre abarrotados. Y homenajes, varios, a las víctimas de la Segunda Guerra Mundial, que aquí como en Rusia llaman Gran Guerra Patria.

La ciudad conjuga construcciones antiguas, bien de arquitectura rusa, con edificios grises bien soviéticos y construcciones muy modernas. Desde hace años quiere mostrar una veta turística que no logra del todo: estar en medio de dos países en guerra no ayuda demasiado.
Iglesias, Lenin y contrastes
Bielorrusia fue una de las repúblicas más castigadas por el ataque del ejército nazi. Muchos de los edificios, tales como la catedral del Espíritu Santo, la de Santa Elena y San Simón, debieron ser reconstruidos.

Claro que no fue sólo el ejército alemán el que se encargó de destruir los espacios religiosos: durante el período soviético las iglesias en general fueron utilizadas para instalar escuelas o centros culturales y recién pudieron recuperar su destino original a partir de 1991.
En Minsk esto genera un contraste interesante: una de las iglesias más importantes está a metros de la plaza Lenín y de la estatua del líder de la Revolución de Octubre. Curioso que convivan tan cerca dos símbolos que representan mundos opuestos.

Una ciudad que funciona
La ciudad tiene todo para ofrecer y explotar: monumentos, edificios antiguos y no tanto, iglesias muy bonitas, inmensos y arbolados parques, lagos, avenidas anchas, transporte de fácil acceso, gente amable, tranquilidad.

La economía parece funcionar. Hay grandes cadenas multinacionales, mucha actividad comercial y nocturna, el rublo bielorruso no parece tan desfasado en relación al dólar o al euro. “Se vive bien”, resume mi anfitrión, aunque parece no saber decir otra cosa en inglés –y cuando habla en bielorruso no le entiendo–.
El silencio y la desconfianza
Uno de los obstáculos que tiene la ciudad para los que no son de la zona es el idioma. Los carteles están en el idioma local, que es parecido al ruso pero diferente, y no muchos dominan el inglés. Los pocos prefieren no hablar de política, no contar demasiado, como si sobrara la desconfianza.

Pero más allá de ese silencio, Minsk se muestra como una capital ordenada, limpia y tranquila. Así, la ciudad queda atrapada entre dos relatos: el occidental, que insiste en mostrarla como la última dictadura de Europa, y el que se respira en sus calles, donde los bielorrusos parecen vivir bastante bien.
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