Viaje al centro del caos

Son muchos. Suben todos juntos. Nadie mira su ticket. Da la impresión de que a ninguno le importa. Se sientan donde pueden, o donde quieren, y charlan casi a los gritos. Hablan en hindi: no entiendo nada. Son o una familia muy numerosa o muchas familias juntas. Hay algunos adultos, un par de niños y el resto son jóvenes, de adolescentes a veintipocos.

Cuando el tren empieza a moverse, se aquietan un poco. Pero solo un poco.

Pranjali se sienta a mi lado. Me mira —me estudia— un instante y pregunta de dónde soy. Pranjali tiene dieciséis años, la piel morena típica de India, ojos muy negros y una sonrisa pícara de adolescente. Se viste con un jean y una remera suelta, como cualquier joven de una ciudad occidental.

Quiere saber mi nombre y después lanza un clásico: Are you married? En India, casi todos preguntan eso. A veces incluso antes de saber tu nombre.

Pranjali me cuenta que viaja con familiares y familias amigas, que vuelven de vacaciones.

Sigue con las preguntas: se sorprende de que alguien de casi cuarenta años no esté casado. Le pregunto por qué le parece raro y me explica que en India los hombres se casan, a más tardar, a los veinticinco; las mujeres antes, no más allá de los veintidós.

Dice que si no consiguen esposo —o esposa— por sus propios medios, las madres presionan hasta que “cumplan su deber”. Y a ella le parece bien, pero no me aclara si porque es la costumbre o porque se imagina su vida casada.

A pesar del proceso de occidentalización que atraviesa el país, todavía mantienen ese tipo de tradiciones.

El tren que nunca llega a tiempo

El tren avanza lento. De Amritsar a Nueva Delhi hay menos de quinientos kilómetros, pero el viaje va a tardar más de nueve horas.

Pese a tener uno de los sistemas ferroviarios más grandes del mundo, las máquinas, los vagones y las estaciones datan de la mitad del siglo pasado. La mayoría son de cuando todavía el país era una colonia inglesa.

En los últimos años recién empezó a modernizarse. Tardan mucho, pero llegan a casi todos lados. No está tan mal, después de todo.

Arti se suma a la charla. Se sorprende de conocer a un argentino y de que en otros países no exista esa tradición de casarse joven.

Arti es ingeniera, tiene más de cuarenta, hijos en la universidad, la cara redonda y bonachona, una sonrisa dulce y los ojos negros grandes. El pelo no tan largo. Me dice que por lo menos tendría que tener novia.

Cada diez o quince minutos pasa un vendedor de comida o de bebidas. Ofrecen papas fritas, samosas y snacks típicos de India.

Toda la transacción se hace con la mano, sin guantes ni nada, incluso los alimentos sueltos.

Antes de viajar, una amiga que vivió en India me advirtió: “Nunca toques a un indio con la mano izquierda y, mucho menos, que un indio te toque con la mano izquierda. Es la mano impura. Con la derecha se come; con la izquierda se limpian el culo.”

Pasa un vendedor de samosas manco.

Nada parece fuera de lugar.

Entre samosas y bocinas

Los indios no tienen los mismos parámetros de higiene que el mundo occidental. No les molesta que les sirvan la comida con la mano o confían, quizá, en que las tengan limpias. En los locales donde comen los nativos, la limpieza es una cuestión relativa: comen con las manos y los lugares no son un dechado de pulcritud.

Sin embargo, algunos no beben del pico de la botella de agua recién comprada. La inclinan unos centímetros por encima de la boca y beben al aire, sin tocarla con los labios.

El tren avanza por ciudades medianas y pueblos polvorientos. En las inmediaciones de las estaciones hay gente que mira la vida pasar. Unos comen. Otros duermen. Algunos solo están.

Un indio muy viejo está en cuclillas bajo un puente, a pocos centímetros de las vías. Como la formación pasa despacio, se ve clarito: está cagando. Mira el tren pasar.

Llegamos a Nueva Delhi. La estación es enorme. Hay gente durmiendo en los espacios comunes. Mucha gente. Cada tanto, aparece un policía con empleados de limpieza. Hace sonar un silbato y los echa. Luego limpian el piso con una manguera gigante y potente. Minutos después, los durmientes vuelven.

El orden secreto del caos

A unos metros está Paharganj, el barrio mochilero por excelencia. Es una versión concentrada de India: cientos de negocios, decenas de hoteles y hosteles… vacas, tuk tuks, bicicletas, gente en todos lados para todo. Suciedad, smog, calor, olor a sahumerio, a canela, a picante, a transpiración, a bosta.

Mariano es argentino. Nos cruzamos en un café perdido entre mochileros. Tiene una teoría que lo persigue desde que llegó: le da culpa tomar un rickshaw, porque funciona a tracción humana. Pero si no lo hace, piensa, el conductor nunca podrá comprar un tuk tuk y dejar de pedalear. Nunca resuelve el dilema, pero igual se sube. Como todos.

Me habla un indio joven, camisa celeste, pelo descuidado… me pregunta de dónde soy. No sé si escucha la respuesta, pero se apura a decir: “Oh, you look is Indian.”

Para un tuk tuk y le pregunta al conductor cuánto me va a cobrar —a mí— para llevarme a una agencia de viajes. El conductor dice un precio. El hombre le pega con una revista y lo reprende: “Local price!”. Arreglan un monto sin consultarme y me indican que suba.

Son comisionistas. Casi todos lo son. Cuando te dejan en el lugar, te piden una propina y después arreglan otra con el vendedor.

El paseo es interesante. Tras tantos años de colonia inglesa, en India también el volante está a la derecha y el tránsito va al revés. Para los tuk tuks es igual. Van por cualquier lado, se meten por lugares inverosímiles y tocan bocina. Todo el tiempo tocan bocina: para adelantarse, en las esquinas, para doblar, en los semáforos.

Y aun así, el caos funciona.


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