En el piso, una marca divide el este del oeste. Es mucho más que una señal geográfica: de un lado, la Sarajevo otomana; del otro, la Sarajevo austrohúngara. El lema sobre esa línea —Encuentro de Culturas— resume lo que la ciudad fue durante siglos: un crisol de religiones y tradiciones que convivieron en paz casi siempre. Hasta que un día no.
Hacia el este, cafés, bazares y puestos de comida evocan la herencia turca. Hacia el oeste, las calles podrían pertenecer a cualquier capital europea: fachadas ordenadas, trazos rectos, otro ritmo, otra luz.

Sarajevo es la capital de Bosnia & Herzegovina y es una ciudad radiante, rodeada por los Alpes Dináricos. Tiene un desarrollo urbano sólido: avenidas amplias, veredas cómodas, comercio intenso, edificios antiguos bien conservados y construcciones recientes de diseño. Y, sobre todo, una historia que no terminó de asentarse.
La ciudad, hoy moderna y próspera, protagonizó episodios del siglo XX que integran cualquier manual escolar.

Una mezcla que perdura
La población bosnia se divide en bosníacos (50%), serbobosnios (30%) y croatas (15%). Cada grupo sostiene una religión dominante: más del 90% de los bosníacos practica el islam; proporción similar entre los serbobosnios, ligados a la tradición ortodoxa; y los croatas, al catolicismo. También existe una minoría de judíos, descendientes de quienes se exiliaron tras la expulsión de España bajo el reinado de Isabel y Fernando.
La peatonal Ferhadija concentra esa mezcla. Desde el Encuentro de Culturas, y separadas por pocos metros, conviven iglesias católicas, mezquitas, templos ortodoxos y sinagogas. Todo aparece en orden ahora.

Muy cerca está el Puente Latino, que cruza el río Miljacka. A pasos de ese cruce, Gavrilo Princip asesinó al heredero del Imperio austrohúngaro, Francisco Fernando (Franz Ferdinand), y a su esposa, Sofía, con dos disparos. El episodio, ocurrido el 28 de junio de 1914, activó la cadena de hechos que llevó a la Primera Guerra Mundial.
El motivo del crimen nunca quedó claro, aunque la teoría más aceptada indica que el atacante integraba un grupo que buscaba el fin del dominio austrohúngaro sobre Bosnia.

El puente, construido en piedra, reemplazó a uno anterior de madera y lleva el nombre de «Latino» por las comunidades católicas asentadas originalmente en la orilla norte del Miljacka
Fuegos antiguos, heridas nuevas
Durante la Segunda Guerra Mundial, el territorio que hoy reúne a tres millones y medio de habitantes quedó bajo tutela de Croacia, aliada del régimen nazi. Como en gran parte de Europa, la mayoría de los judíos fue capturada y enviada a campos de concentración. Por eso la comunidad actual es mínima.
Bosnia fue liberada por los partisanos, que ganaron fuerza en los últimos años del conflicto tras la caída de Benito Mussolini.
En pleno centro hay una llama eterna que recuerda a esos combatientes. El monumento está al alcance de todos. Un turista traspone el cerco y posa junto al fuego; hace muecas, parece divertirse. Quince segundos después, un policía lo reprende y lo obliga a salir. En esta parte del mundo las discusiones siempre parecen un preludio de una pelea que casi nunca ocurre.
El asedio y la caída del mundo conocido
La historia más presente entre los bosnios es la de la década del 90, durante la desintegración de Yugoslavia.
Tras un referéndum, Bosnia y Herzegovina declaró su independencia el 5 de marzo de 1992. El 95% votó a favor, pero solo participaron bosníacos y croatas. Los serbobosnios rechazaron la consulta y comenzaron las hostilidades.
Al desconocer el resultado, pidieron apoyo a Serbia, que aún controlaba el ejército yugoslavo. Para frenar la independencia, sitiaron Sarajevo: cortaron suministros y persiguieron a bosníacos y croatas.

Miles fueron desplazados. Quienes permanecían en la ciudad quedaron sin acceso a energía, agua potable, alimentos y medicamentos. Solo un pasaje subterráneo, el “túnel de la esperanza”, permitía el ingreso de productos por rutas alternativas.
Mientras tanto, los croatas, aliados iniciales, avanzaban por su cuenta en Mostar.
Los bosníacos sufrían el asedio en sus dos ciudades principales y carecían de armas: un embargo del Consejo de Seguridad de la ONU congeló el flujo de armamento y dejó a Bosnia con un ejército reducido. Serbia conservaba el arsenal yugoslavo y Croacia lo ampliaba por vías clandestinas.
Los museos de Sarajevo y Mostar narran historias de sobrevivientes que lamentan traiciones de vecinos y describen cautiverios extremos.
El asedio terminó cuando la OTAN bombardeó posiciones serbias en las colinas tras un ataque contra civiles en el mercado Pijaca Markale.

La alianza justificó la intervención por la necesidad de proteger a la población civil. Años después, Rusia tomó ese argumento para su ofensiva sobre Ucrania. Incluso citó el ejemplo.
El mercado sigue en pie: frutas, verduras, flores y el movimiento constante de sarajevitas que compran como siempre.
Las cicatrices que marca la piedra
Como en Mostar, Sarajevo exhibe cicatrices visibles. Algunas fachadas conservan impactos de bala: hendiduras que recuerdan el asedio más largo que vivió Europa en el siglo XX.
Estas marcas aparecen en distintos barrios y se vuelven más nítidas cuando uno recorre la ciudad con quien conoce cada historia: un guía que creció entre escombros, un sobreviviente que rehizo su vida o un estudiante que heredó el relato de sus padres. Cada uno muestra un rincón distinto y suma piezas a un pasado que todavía late.
El Ayuntamiento de Sarajevo refleja otra superposición de culturas. Fue construido por el Imperio austrohúngaro, pero exhibe detalles arabescos. Sigue en pie pese a que “criminales serbios” incendiaron su biblioteca en 1992 y destruyeron más de dos millones de volúmenes.

Los museos no omiten a los responsables directos de la guerra —de la masacre—: Slobodan Milosevic y Franjo Tudjman. Ambos planearon repartirse Bosnia como un botín. No lo lograron. Fueron juzgados por un tribunal internacional. Murieron antes de escuchar la condena.
Sarajevo tiene, además de tanta historia y tanta belleza, una fuente de madera en la plaza de las palomas. Dicen que quien bebe de esa fuente regresa a Sarajevo.
Ojalá sea cierto.

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