El maestro ausente

“Es una buena decisión ir a Dharamsala ahora, seguro está Dalai Lama. Además la comida ahí es muy buena”, me dice Roberto cuando terminamos de hacer rafting por el río Ganges en Rishikesh.

Roberto es brasilero, cara de indio, entusiasmo apenas perceptible, viaja con la novia –también de Brasil–. Para casi todo muestra desgano, salvo para hablar de Dharamsala. Antes y después soltó comentarios despectivos sobre los indios y declaró que no soportaba el asedio constante de la gente del país.

Tengo ese viaje en la cabeza desde hace tiempo, aunque su frase lo aceleró. En el hostel me ofrecieron el próximo bus disponible, un poco más caro de lo habitual porque tiene aire acondicionado. “Bus A/C”, insiste el conserje, que se llevará su comisión por ese pasaje.

El micro solo ofrece un ventilador inútil. “No working”, me dice el chofer mientras yo miro el artefacto, sin preguntarle nada.

La ruta avanza entre montañas, pozos, subidas, bajadas, curvas y contracurvas. El paisaje se mueve en todas las direcciones excepto la correcta. Siento el estómago en rebelión. Va a ser difícil averiguar si la comida local justifica el entusiasmo de Roberto: llego a Dharamsala con la clásica diarrea del viajero. Pudo ser el traqueteo. O el paquete de Lays y la Fanta de medio litro que tomé antes de salir.

Una capital sin Estado

La predicción de Roberto no tiene forma de cumplirse. El Dalai Lama está de viaje y nadie sabe cuándo vuelve.

La ciudad, además de cascadas, templos y un paisaje que obliga a mirar hacia arriba, conserva un atractivo más persistente que cualquier postal: funciona como sede del gobierno tibetano en el exilio desde la invasión china de comienzos de los años cincuenta.

Aquí vive el 14º Dalai Lama desde 1959, después de escapar de su país y cruzar el Himalaya para evitar un destino que los chinos parecían tener decidido. Encontró asilo en el norte de India y se instaló en McLeod Ganj, un suburbio de Dharamsala convertido en algo parecido a una capital sin Estado.

La historia que narran los tibetanos es directa y brutal. En el museo donde funciona el Gobierno en el exilio, una sala de fotos muestra la invasión: soldados enviados por Mao Zedong entraron al país, destruyeron lo que encontraron y enviaron a prisión o a la tortura a quienes intentaron frenar la anexión.

El ejército avanzó “en nombre de la revolución cultural” y arrasó templos, monasterios y construcciones budistas que los tibetanos cuidaron durante siglos.

Las otras capas de la historia

Varios historiadores suman otra capa: afirman que la vida en Tíbet, antes de la invasión, estaba lejos de la armonía que Occidente compró a partir de esa película con Brad Pitt como protagonista. Un pequeño grupo de terratenientes —entre señores y monasterios— controlaba casi todo y mantenía a la mayoría de la población en una condición cercana a la esclavitud. Para esos trabajadores, dicen, la llegada de China representó una forma de liberación.

Aun así, el costo fue enorme. Las estremecedoras imágenes muestran la huída de los tibetanos con lo puesto, cuerpos sin vida, desolación. El gobierno en el exilio calcula un millón de muertos por enfrentamientos, torturas y hambre.

China presentó la invasión como un trato ventajoso: redistribución de tierras, más recursos para Tíbet y acceso —para ellos— a oro, uranio y enormes reservorios de agua escondidos en las montañas. Una ecuación perfecta. Los tibetanos no lo vieron —ni lo ven— así.

El museo insiste en que Tíbet fue una nación soberana durante 2500 años. No menciona que también inició cruentas guerras para expandir fronteras, incluso en las primeras décadas del siglo pasado.

Aunque el lema “Free Tíbet” sigue presente, el 14º Dalai Lama modificó su posición y alguna vez hasta se autoproclamó “maoísta”. Ya no exige soberanía absoluta. Pide cierta autonomía y, sobre todo, libertad de culto para que los tibetanos puedan practicar su tradición budista sin permiso ajeno.

Dar una vuelta descalzo

El edificio sede del Gobierno tibetano es austero. Tiene aulas para el estudio del idioma y del budismo, habitaciones donde viven monjes, tiendas de libros, ropa y souvenirs tradicionales, dos templos con imágenes de Buda Gautama, esculturas y pinturas de otros budas y Lamas, oficinas y espacios reservados para la oración diaria. El ingreso a los templos y a otros recintos exige caminar sin calzado.

Pese a que Dharamsala tiene, como el resto de India, una abrumadora mayoría hinduista, la presencia tibetana domina cada rincón. Por tradición, promueven la limpieza, el reciclado y el rechazo al tabaquismo y a las sustancias tóxicas. La ciudad tiene las calles más limpias de India, casi ningún comercio entrega bolsas plásticas —solo algunos tienen de papel— y está prohibido fumar en espacios públicos (“smoke here is an offense”). Tampoco se permite beber alcohol.

Las normas no se cumplen de manera estricta, pero la diferencia con otros distritos se nota. Y mucho.

Por la calle me cruzo con monjes y monjas tibetanos. Solo me miran y sonríen, con el rostro rebosante de una paz extraña para un país que suele ser más bien caótico. La sensación es agradable: van por la calle como si no escucharan los constantes bocinazos.

Tushita: diez días de silencio (y monos)

Tushita es un centro de estudios y meditación budista ubicado en una zona montañosa a un kilómetro del centro de McLeod Ganj. Pertenece a la escuela del Mahayana, o lo que llamamos, por pura ignorancia, “budismo tibetano”. Los administradores remarcan que se sostiene con donaciones voluntarias de quienes asisten a las meditaciones, la biblioteca o los talleres.

El centro creció de forma notable: al curso introductorio asisten cerca de noventa estudiantes cada vez que abre sus puertas entre marzo y noviembre, cuando el frío todavía permite permanecer en la montaña. Ese curso —igual que los avanzados— es residencial. Durante diez días los estudiantes conviven en habitaciones comunes, comparten el baño, comen en el lugar, asisten a las clases y participan de las meditaciones diarias.

El predio es amplio. Reúne núcleos de habitaciones, una gompa, monumentos, oficinas, una sala de meditación, otra para proyecciones, pequeños departamentos donde viven monjes, baños comunes, vegetación y monos. Muchos monos que buscan comida a toda hora.

Los requisitos para acceder son mínimos. El principal es una mezcla de “ganas”, “mente fría” y “corazón caliente”. Las exigencias se reducen a permanecer los diez días, asistir a las actividades, guardar silencio y no usar dispositivos de comunicación. Al ingresar piden una donación que ubican entre diez y quince dólares diarios que vale para todo: alojamiento, comida, curso.

Las reglas de convivencia apuntan a cuidar el mobiliario, evitar apropiarse de objetos y no matar. La simpática monja que da las instrucciones aclara que “no matar” abarca todo ser vivo: asesinar humanos sigue siendo delito. Explica cómo atrapar arañas para sacarlas del cuarto sin pisarlas y recuerda que, ante los mosquitos, lo único necesario es un poco de repelente. “Aquí no hay peligro de contraer malaria”, dice. También anuncia la temporada de monzones: lluvia diaria garantizada.

Sudamericanos, israelíes y el silencio impuesto

La entrada parece auspiciosa: en el portón de ingreso me cruzo con un argentino y un colombiano que habían hecho el curso semanas atrás y lo celebraban como una revelación. Adentro encontré más presencia sudamericana: dos chilenos, un argentino y dos uruguayas. Con Mariano, mendocino, el primer diálogo fue inevitable:

—¿Viste que buena está la rubia de República Checa?

—Sí. La francesa que está con el chileno también…

—Sí, ese chileno está robando.

—Hay una israelí de ojos azules preciosa.

—No sé por qué, pero acá está lleno de israelíes.

Después entendimos por qué: India funciona como territorio seguro para ellos, lejos del conflicto con los musulmanes. En el curso, la cantidad de israelíes supera a la de cualquier otra nacionalidad, incluso a la de los indios.

El silencio se impone de inmediato. Después del check-in nos sirven la cena, tenemos la primera clase y al salir ya nadie habla. Se puede hablar durante las clases y en una hora diaria de discusión grupal. Aun así, no hay “policías del silencio”: la regla se respeta –cuando se respeta– por inercia, o por pudor.

La rutina de Tushita

Las actividades avanzan sin sobresaltos. Despertador a las seis. Primera meditación a las 6.45. Desayuno a las 7.30. Clases del monje tibetano a las nueve. Almuerzo a las 11.45. Discusión grupal a las dos de la tarde. Otra clase a las 15.30. Segunda meditación a las 17.30. Cena a las 18.15. Última meditación a las 19.30.

A las 20.30 la mayoría ya está en su habitación, salvo unos pocos que quedamos leyendo, mirando la noche o tomando mate en el quincho. En realidad, uno solo es el que toma mate.

La ausencia del maestro

Si bien se trata de una escuela tibetana, en Tushita el Dalai Lama aparece poco: solo hay una foto suya en las instalaciones, de 1997, y se sabe que no es un visitante asiduo.

A medida que avanzan las jornadas nos familiarizamos con palabras que rara vez usamos: impermanencia, vacuidad, mente, karma, reencarnación. La biblioteca ayudaba a ampliar cada una.

Los monos aportan una cuota de humor diario. Se apoderan de varios alimentos y de lo que pueden, para escapar presurosos ante la algarabía de todos los presentes.

La salida del silencio

La última noche asistimos a una ceremonia de ofrendas a Buda. Cada estudiante lleva una vela mientras entona un mantra. Algunos lloran.

La paz mental parece asentada después de diez días de silencio, bibliotecas y monos cleptómanos. También se siente el deseo de terminar.

El final es menos solemne. Nadie aguanta hasta la mañana siguiente. Esa última noche, todos hablan en voz baja en los pasillos. Al día siguiente el silencio sobrevivió a la primera meditación. Después se vino abajo: todos querían hablar con todos. La iluminación puede esperar; las ganas de conversar, no.

Tengo que darle la razón a Roberto: la comida aquí es realmente buena. El Dalai Lama, en cambio, sigue sin aparecer. Tal vez, la sabiduría me sea esquiva; por suerte el thali es inmediato.


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