En Katmandú no se puede respirar. Hay humo de ofrendas en los templos, hay humo de las chimeneas de los restaurantes, hay humo de los puestos callejeros, hay humo de los escapes de los vehículos. Hay humo.
También hay polvillo de obras en construcción y marañas de cables que –se supone– llevan electricidad a las viviendas y a las calles. “Te preguntás cómo es que acá funcionan las cosas”, me dice Mariano, un argentino que está de paso por la capital de Nepal.
Mariano tiene unos 35 años, una mochila bastante pesada, ojos achinados. Mira hacia arriba con incredulidad. Los postes del cableado son un caos de nudos y cables que salen en todas las direcciones, sin un destino claro.
“¿Si se corta la luz, cómo saben cuál es el cable que tiene el problema?”, sigue Mariano.

Katmandú está en el Valle de Katmandú, enclavado en medio del Himalaya, entre India y China. Tiene tres ciudades que, en su momento, oficiaron de capital del Reino de Nepal: la actual Katmandú, Patan (o Lalitpur) y Bhaktapur. Cada una con sus edificios históricos, sus templos y sus plazas reales.
Desde el bus, antes de llegar y después de infinitas curvas, contracurvas, subidas y bajadas, parece todo una sola ciudad extendida sobre el valle. Al entrar, la gente aporta otra capa: por su punto geográfico, comparten la tonalidad de la piel con los indios y los rasgos faciales con los chinos.
Tiene amplias avenidas, grandes edificios y burger kings como cualquier gran ciudad occidental, pero también callecitas indescifrables, decenas de templos en pocos kilómetros a la redonda, estupas y construcciones antiquísimas.

La diosa viviente de Katmandú y los templos del hinduismo
En la Durbar Square de Katmandú está el Kumari Ghar, el palacio donde vive la diosa de la ciudad. La diosa no es más que una niña, siempre de la misma casta, que tiene su mandato como deidad hasta que llega a la pubertad.
Con su primera menstruación termina su divinidad. La reemplaza otra niña.
El proceso de selección de la diosa es tan riguroso que nadie lo sabe explicar del todo. Los katmanduanos creen que la elegida es la reencarnación de la diosa hindú Durga.
Mientras dura su reinado, nadie puede tocarla y no puede salir del palacio, pero sí saluda a los feligreses en algunos momentos del día desde una ventana. Peregrinos hinduistas acuden a su encuentro para adorarla, llevarle ofrendas y rezar.
En el patio del Kumari Ghar se junta mucha gente. Falta el aire, aunque sea impuro. Al salir, cualquier camino lleva a algún edificio antiguo y misterioso.
Hay templos para una variedad de deidades hindúes. Afuera, al acecho, están los sadhus, ascetas del hinduismo. Los sadhus son hombres —siempre hombres— que, dicen, dejaron la vida material para dedicarse a alcanzar la iluminación.
Son viejos, visten de naranja, pintan su cara con cenizas. Ofrecen fotos a los visitantes a cambio de dinero.
A veces se olvidan que abandonaron la vida material.
A dos kilómetros de la plaza, y después de cientos de escalones, está Swayambhunath, también conocido como el “templo de los monos”. En realidad, no es un templo: es un conjunto con una estupa de Buda y varios santuarios para dioses del hinduismo.

Desde esa cima se puede observar casi la totalidad de la capital nepalesa, con su contaminación, sus obras en construcción, su smog y su belleza, rodeada por las montañas del Himalaya.
La convivencia de las religiones es bastante armónica. La aparición de los monos por todas partes, no tanto.
Los hinduistas adoran a los dioses, no importa cuáles ni de qué religión. Se santiguan, les llevan ofrendas, les piden bendición.
Ricardo lo resume: “Si es un dios, le rezan. No se hacen mucho problema”.
Ricardo tiene más de 50 años, es portugués, alto, y siempre vacaciona con su familia en Nepal o en India. Habla en portugués, inglés y español. A veces todo junto.
Caminar por las calles alternativas de Katmandú es toda una experiencia. El tránsito es un caos de motos, autos, camiones, colectivos, tuk tuk de uso compartido y mini tractores que parecen máquinas de cortar el césped pero transportan cargas pesadas.
En las avenidas hay policías subidos a un cubículo que ofician de semáforos humanos. Por las callecitas se llega, sin querer, a templos y edificios que no aparecen ni en los mapas.
En medio del caos, a 20 minutos a pie de la plaza está Thamel, conocido como el “barrio mochilero”. Es una de las zonas más turísticas de Katmandú. Abundan las ofertas de souvenirs, comidas caras, opio, marihuana y hachís.
A los argentinos nos identifican por Lionel Messi y Diego Maradona. Pero no saben exactamente dónde queda el país ni en qué idioma se habla.
Un supuesto dealer, que algo de español entendía, dijo que para él Maradona era el mejor de la historia y que Messi le gustaba, aunque “no es tan bueno”.
No tenía ninguna intención de comprarle nada, pero si la hubiese tenido está claro que no le compraría: debe ser de muy mala calidad lo que vende para que te lleve a decir que “Messi no es tan bueno”.
Patan, la antigua capital del valle
Patan está a cuatro kilómetros. Por la muy transitada avenida Kanti Path se accede al ingreso tras poco más de 30 minutos de caminata.
En el recorrido se puede observar el Estadio Nacional de Fútbol, abandonado desde hace un largo tiempo; el Ratnapark, una simple plaza para la que hay que pagar entrada; y un “ordenado” caos vehicular, junto a cientos de puestos de venta.
Hay que atravesar también un puente sobre el río Bagmati.
La ciudad, como toda civilización, se desarrolló desde el margen del curso de agua. Tiene una Durbar Square rodeada de antiguos palacios, que sirvieron para la administración del reino, y templos hinduistas y budistas.
Además de algunas joyas de la arquitectura nepalí, la plaza alberga uno de los templos más famosos de la zona: el Golden Temple.

La pagoda Hiranyavarna Mahavihar fue construida en el siglo XII por el rey Bhaskar Varman. La leyenda dice que en el lugar había una rata muy especial —los guías usan la palabra “magic”— que perseguía a los gatos. Por eso, durante muchos años allí ofrecían comida a las ratas.
El predio tiene puertas de madera tallada con minucia, techos del estilo local, estatuas de bronce —monos, deidades tibetanas, elefantes con jinetes—, una rueda de oración, frescos y un buda de oro.
Bhaktapur, un viaje al pasado
A trece kilómetros de la actual capital se encuentra Bhaktapur, una ciudad que tiene signos de haberse detenido en el tiempo. Conocida también como “la capital cultural de Nepal”, fue fundada en el siglo VIII y ofició de sede gubernamental del reino desde el siglo XII hasta el siglo XV.
Ingresar a la ciudad es adentrarse en el pasado: calles empedradas, casas, templos y palacios antiquísimos; estanques, aljibes y surtidores de agua; alfareros que trabajan y exponen sus productos en la calle; gente vestida con ropa tradicional que ve la vida pasar durante horas en refugios de madera distribuidos en distintos sectores.
El lugar parece detenido hace siglos.

Lo único que contamina el paisaje son los autos y las motos que tienen acceso hasta una determinada zona. El resto es todo peatonal.
La Durbar Square de Bhaktapur deslumbra: tiene un palacio de 55 ventanas de madera —dicen que es el más bello del mundo en su estilo—, la puerta dorada, templos de importancia para los peregrinos hinduistas, esculturas de piedra y grandes campanarios.

Otras plazas completan el sitio histórico: Taumadhi, con dos templos de tejados múltiples; Dattatraya, la parte más antigua de la ciudad con los templos más viejos; y Talako y Suryamadhi, repletas de alfareros.
Siddha Pokhari, el estanque más grande de la zona, queda apenas en las afueras de la ciudad.
Aquí se puede respirar, no hay bocinas todo el tiempo, no hay lío de cables, no hay humo a cada paso.

La salida de la ciudad es una vuelta a la realidad.
O a Katmandú.

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