Zelenograd: tecnología, tanques y nostalgia en el corazón ruso

Un cartel rojo y verde en el centro de la ciudad dice, en cirílico, “1958 – 2018 Зеленоград”, con un número 60 formado por la letra O. Es una ciudad bastante joven, nacida en plena Guerra Fría como el corazón de la industria electrónica soviética. A 41 kilómetros de Moscú, Zelenograd todavía combina sus rascacielos con bosques y parques que parecen extenderse sin pausa, que unen tradición y modernidad, nostalgia y tecnología, memoria y futuro.

La traducción literal de Zelenograd es “ciudad verde” (zelenyy: verde, gorod: ciudad). El argumento es fácil de encontrar: toda la extensión del territorio mezcla bosques –algunos nativos, otros convertidos en parques– con grandes edificios. Es común ver tres o cuatro manzanas repletas de torres de más de veinte pisos, intercaladas con hectáreas de arbolado natural.

La ciudad cuenta hoy con casi 250 mil habitantes y continúa siendo el polo del desarrollo tecnológico de una Rusia que hace tiempo dejó de ser soviética.

De Moscú a Kryukovo, entre trenes y estructuras

Cuando se formó el óblast de Moscú, Zelenograd se unió administrativamente a Kryukovo. De hecho, para llegar en tren desde la capital, el boleto se compra hasta esa estación.

Los óblast son los “sujetos administrativos” en los que se divide la Federación Rusa, algo así como las provincias argentinas. Tan parecido es que Moscú, como la Ciudad de Buenos Aires, no pertenece al óblast homónimo, sino que responde de forma directa a la Federación.

Pese al tránsito intenso, la vida en Zelenograd parece bastante tranquila. Muchos aprovechan los espacios verdes para hacer deporte. Chicos y chicas pasean en patines, monopatines o patinetas, y algunos juegan al fútbol en canchitas de césped sintético.

Tanques, memoriales y flores frescas

Para los rusos, la fecha patria más importante es el 9 de mayo, el Día de la Victoria, cuando conmemoran la derrota del nazismo en 1945. Es el día de mayor celebración nacional, con actos encabezados por el presidente.

Lyusha, uno de los administradores del hospedaje, me contó que ese día muchos colocan calcomanías en sus autos con frases como “Gracias abuelo por la victoria” o “Somos herederos de la victoria”.

Aunque la guerra comenzó en 1939, para los rusos empezó en 1941, cuando Hitler invadió el país. Fue en la zona de Kryukovo y Solnechnogorsk donde lograron frenar el avance alemán que pretendía tomar Moscú.

Zelenograd está lleno de memoriales dedicados a los héroes de aquellas batallas. La estación de Kryukovo fue escenario de combates feroces, con miles de soldados muertos y una devastadora destrucción de tanques y armamento.

Hoy, esa zona está atravesada por una avenida y rodeada de centros comerciales. La autopista que cruza por encima se llama Panfilov Prospect, en homenaje al general Iván Panfílov, quien comandó una división que destruyó 18 tanques alemanes.

Cada sitio de memoria incluye un jardín, mármol, una inscripción histórica y coronas de flores renovadas. El museo local también dedica una sala entera a esa batalla.

Cruce de caminos en la nueva Rusia

Como en muchas zonas del país, Zelenograd está llena de ciudadanos de Uzbekistán, Armenia, Azerbaiyán y otras exrepúblicas soviéticas, que emigraron por la crisis económica en sus tierras.

Un taxista azerí me dijo que se había venido a Rusia porque su país “está muy mal”. Después me cobró bastante más de lo que el viaje costaba.

A Gula la conocí en la parada de colectivos frente a la estación de Kryukovo. Me sugirió tomar un taxi hasta mi alojamiento en Lyalovo –a unos once kilómetros de allí– el primer día, para orientarme.

Gula tiene algo más de cincuenta años, pelo corto, alguna vez rubio, y un hijo por recibirse de médico. No es rusa: es uzbeka y musulmana. Trabaja en Rusia desde hace años.

Una fecha que no emociona a todos

Nos reencontramos unos días después, también en la parada. Era 12 de junio, Día de Rusia, y aunque intenté preguntarle sobre eso, su respuesta fue apenas un “ah, sí”. No supe si no entendió, si no le interesaba o si prefería no hablar.

Como Gula y el taxista, miles de trabajadores de las exrepúblicas soviéticas sostienen buena parte del funcionamiento cotidiano de ciudades como esta.

Al llegar al alojamiento, me puse a investigar. El 12 de junio de 1990 se declaró la soberanía del Estado ruso, lo que marcó la disolución definitiva de la URSS. Así, algunos países lograron su ansiada independencia —Letonia, Lituania, Estonia, Ucrania—, pero la gran mayoría de los que pertenecieron al bloque vio minada su posibilidad de prosperar.

Le pregunté a Lyusha qué significaba para él esa fecha. Tiene unos 27 años, es rubio, robusto, de cara amable, fuma un cigarrillo tras otro, casi sin pausa. Nació cuando Rusia ya era Rusia otra vez.

Me dijo:
—No viví en la URSS, pero mi padre me contaba que había cosas buenas y cosas malas. No creo que haya sido tan malo.

Hizo una pausa, como si buscara una respuesta más acorde, y concluyó:
El verdadero día de celebración es el 9 de mayo. Ese sí representa nuestra historia.


Descubre más desde Viajar para contarlo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario