En Berlín nadie pronuncia su nombre. Ninguna calle lo lleva, no hay monumentos, bustos, placas que lo recuerden. Ni, mucho menos, un museo en su honor. Pero Adolf Hitler es un ausente bastante presente en la capital alemana.
No es que la ciudad pretenda borrar su oscuro pasado, sino que optó por dos caminos: recordar que el nazismo fue una sociedad cómplice y colaboracionista de todas las atrocidades y aberraciones imaginables, por un lado. Y, por otro, impedir que cualquier referencia a esa figura genere el surgimiento de un culto a una época que tanto daño causó al mundo.
Frialdad de clima y de carácter
El clima en Berlín es mayormente frío. La gente también. Tal vez esa frialdad, esa personalidad colectiva, esté forjada por un pasado reciente que no permite pausas ni sentimentalismos, o quizás siempre fue así.
Lo comprobé al intentar preguntar por Alexanderplatz en una parada de colectivo: dos transeúntes me dijeron que no entendían y siguieron su camino. Cuando llegó el bus N5, pregunté al chofer desde la vereda, y solo me miró, cerró la puerta y siguió.

Historia a cielo abierto
La ciudad guarda y exhibe en sus paredes, en sus calles, en sus monumentos, muchos recuerdos de la época del nazismo y de la Guerra Fría. Algunos edificios conservan impactos de balas, la huella del Muro de Berlín recorre una buena parte de las zonas más transitadas, y hay paseos turísticos cotidianos que se enfocan en esos acontecimientos.
La misma Puerta de Brandeburgo, antiguo acceso a la ciudad y testigo del paso de emperadores, de Napoleón e incluso de Hitler —consagrado por el voto popular para conducir el país—, conserva aún las marcas de los proyectiles que la impactaron cuando la Unión Soviética hizo capitular al ejército nazi en 1945.
A pocos metros, una línea de adoquines, a modo de cicatriz, señala el lugar donde estuvo instalado el Muro de Berlín, que dividió la ciudad en dos.
Cicatrices del muro
Del Muro solo quedan pequeños tramos en pie: el East Side Gallery, hoy escenario de murales alusivos a la división, y otra parte cerca de Checkpoint Charlie. Un guía español, a un grupo entusiasta de turistas, cuenta que la pared no siempre fue de material y que, pese a su existencia, cerca de 20 mil personas lo atravesaron desde el lado soviético al occidental en busca de un futuro mejor. 136 murieron en el intento.
En el Muro de la Bernauerstrasse, una señora narra que ahí mismo, en 1962, un hombre cavó un túnel para rescatar a su familia del otro lado. Lo logró. Un año después, la Stasi descubrió el túnel y derrumbó todo. Hoy hay una línea de ladrillos rojos que marca el trayecto exacto.
La caída del muro, celebrada en 1989, implicó también el fin de la guerra fría y de la URSS. Pero, además, significó el surgimiento de Alemania.
Monumento y contradicción
En dirección al centro de la ciudad, a pocos metros de la Puerta coronada con la diosa de la Victoria, se encuentra un monumento asombroso para recordar a los judíos que murieron en manos de los nazis.
Se trata de una plaza gigante con construcciones rectangulares que emulan tumbas en diferentes niveles.
El diseñador se inspiró en el cementerio judío de Praga, en el que la falta de espacio motiva el amontonamiento de placas y los cuerpos son enterrados en diferentes profundidades, uno arriba del otro.
Al momento de terminarlo dijo que no iba a explicar la razón de su diseño, que cada uno que lo visitara tenía que sacar sus conclusiones.
Para evitar actos de vandalismo, las tumbas fueron “barnizadas” con un producto químico especial que permite borrar cualquier inscripción que se le pueda hacer del estilo grafiti.
La empresa del horror
La empresa que ganó la licitación de 27 millones de euros para proveer ese químico era la misma que, unos años antes, le vendía al gobierno nazi el gas Zyklon B, que se utilizó en las cámaras de exterminio de los campos de concentración.
Es decir, hicieron negocio con la matanza de judíos, hicieron negocio con el homenaje a esos mismos muertos.
La polémica fue tal que la empresa decidió “donar” el producto y, al igual que las autoridades de los últimos años, asumió en silencio su cuota de responsabilidad por haber colaborado para sembrar el terror.
Silenciar al Führer
También en las cercanías está ubicado el lugar exacto donde funcionaba el búnker de Hitler, en el que llevaba adelante toda su estrategia durante la Segunda Guerra Mundial y en el mismo en el que se suicidó junto a su esposa Eva Braun.
Hoy, totalmente tapado, hay un estacionamiento encima. No tiene siquiera una placa que lo recuerde como epicentro del horror. Los guías locales explican que esa es la forma que tiene el país de no recargar la culpa en una sola persona, el ideólogo, sino hacerse cargo como nación por permitir el surgimiento nazi y no frenarlo mientras avanzaba sobre el resto de Europa. Es también una forma de evitar que se convierta en un lugar de peregrinación para los neonazis.
Responsabilidad compartida
Pese a que en el último tiempo surgieron algunos partidos de ultraderecha que pretenden volver a instalar aquel discurso xenófobo – y algunos son acompañados por muchos votantes –, la sociedad intenta dar una lección: “Todos fuimos responsables, porque apoyamos a los nazis o porque nos quedamos callados; y nuestro silencio (por comodidad o por miedo) también permitió todo aquello”,
retrató el mismo guía español.
Eficiencia sin pausa

Esa responsabilidad y disciplina que tanto le sirvió a Hitler para que todo el país se sumara a su idea se ve traducida hoy también en la persecución de una eficiencia implacable. Dos señoras gallegas que pasean por Berlín cuentan que fueron a un McDonald’s y que, al llegar a la caja, no habían decidido qué hamburguesa pedir. Como dudaron, el joven que las atendía se impacientó y se fue a recibir el pedido de otros clientes. En cualquier otro lugar, esa actitud hubiese impedido acaso su postulación a empleado del mes; en Berlín, tal vez no.
Un sevillano que lleva varios años en la ciudad dice que, en realidad, no es algo personal con nadie: “Los alemanes son así, como máquinas, solo quieren hacer su trabajo. Por eso, el chofer del colectivo, el que atiende en McDonald’s, todos, consideran que si dudas, si les preguntas mucho, los estás haciendo perder tiempo, y siguen con lo suyo”.
Limpieza aparente, suciedad visible
Pese a la belleza, a la conservación de los monumentos y a la memoria activa de la historia reciente, Berlín tiene algo no muy agradable: no es un lugar limpio, en general.
Hay basura desparramada en derredor de los cestos, hay papeles, envases, colillas desperdigadas por las calles. Hay suciedad. Y no es que no se limpie; al contrario, personal —municipal o de alguna empresa que presta servicio de limpieza urbana— barre todo el tiempo las calles, vacía los cestos, junta las etiquetas… pero la ciudad no se mantiene limpia.
Panorámica del pasado y el presente
El edificio del Reichstag, sede del Parlamento, es uno de los más bonitos de la ciudad. Ofrece vistas panorámicas de todo el casco histórico, es gratis y tiene audioguías en diferentes idiomas.
Desde la cima se pueden ver las catedrales católicas y ortodoxas (alemana y francesa), la antigua sinagoga, el edificio rojo del Ayuntamiento, Alexanderplatz -plaza central de la ciudad-, la torre de Televisión, los edificios supermodernos, la Puerta de Brandeburgo y los diferentes sectores del propio Parlamento, que es un museo en sí mismo.
Una ciudad con demasiado espacio
Aunque es una ciudad muy visitada por turistas, Berlín también deja esa sensación de ser una ciudad demasiado grande para la cantidad de habitantes que tiene. Es decir, o sobra espacio o falta gente.
Un argentino que vivió mucho tiempo en la zona me dijo que, por esa razón, en su momento Alemania fue receptora de una gran cantidad de migrantes refugiados que buscaban en Europa mejores condiciones de vida. Fue un intercambio interesante: los dejamos entrar y ustedes incrementan el índice poblacional.
También es algo que se nota en la vida cotidiana: la cantidad de puestos de comida árabe supera a cualquier otra alternativa en los espacios públicos, y perfuma el aire con ese aroma tan característico que mezcla especias, carne y pan recién horneado.
La ciudad que habla en silencio
En Berlín, si preguntás algo, es probable que te ignoren. Si dudás, te pasan de largo. Pero si escuchás, si observás en silencio, la ciudad te cuenta todo. Hasta lo que no quiere decir.
Descubre más desde Viajar para contarlo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
