“Antes la muerte que la sangre de un judío”, dicen que dijo Reinhard Heydrich, uno de los más sanguinarios, crueles, perversos e inteligentes funcionarios del Tercer Reich, cuando su vida pendía de un hilo.
El “carnicero de Praga”, como se lo conocía, sabía que su existencia estaba a punto de apagarse, allá por junio de 1942. Necesitaba una transfusión urgente y la crisis generada por la guerra en gran parte de Europa había complicado el abastecimiento de los bancos de sangre. Entre los que habían donado antes había muchos judíos. Por eso, la “bestia rubia” era consciente de que si recibía sangre, probablemente fuera de alguno de ellos. Y –dicen que– no la quiso. Prefirió morir.
Nadie puede confirmar la veracidad de ese episodio. Incluso los museos cuentan esa historia en potencial. Parece más un mito que algo que haya sucedido en la realidad. Sin embargo, sirve para entender la mentalidad de uno de los más salvajes dirigentes que tuvo el nazismo.
El hombre con el corazón de hierro
Heydrich no había llegado a los 40 años cuando fue designado interventor del Protectorado de Bohemia y Moravia, nombre que Adolf Hitler le dio al territorio que en la actualidad es la República Checa –o Chequía–.
Antes de eso, había sido jefe de Seguridad del Reich –tenía bajo su órbita a todos los organismos de seguridad nazis, incluida la Gestapo–, fue uno de los ideólogos del Holocausto, y hasta el propio Hitler lo bautizó como “el hombre con el corazón de hierro”. Incluso en el seno del partido Nacional Socialista se lo consideraba como el sucesor natural en el poder.

La notable inteligencia y ambición que exhibía el “carnicero” contrastaban con algunas de las decisiones que él mismo tomaba, posiblemente, desde la embriaguez de poder que sentía al disponer a su antojo de la vida de millones de personas. Una de esas decisiones fue fatal: pese a saber que su cabeza estaba en la mira de sus enemigos, transitaba sin custodia mientras gobernaba el Protectorado. Creía que el terror que infundía lo hacía inmune a cualquier ataque.
Conquista sin disparos
El nazismo invadió República Checa con colaboración internacional. No hizo falta guerra, batallas ni resistencia. Líderes de grandes potencias, como Francia y Gran Bretaña, se reunieron en Alemania y cedieron el territorio checo, sin que los checos tuvieran oportunidad de opinar.
Cuando el ejército alemán tomó el poder, el presidente checo en ejercicio, Edvard Beneš, se exilió y desde fuera del país comenzó a organizar la resistencia. Resistencia que desde dentro de Chequía no podía hacer gran cosa, ya que Heydrich controlaba cada rincón de su “territorio” y sumaba informantes que lo mantenían al tanto de todos los acontecimientos.
Antropoide: el plan que costó todo
El mandatario en el exilio urdió un plan para asesinar al sangriento nazi. Argumentaba que, si Hitler caía, Heydrich sería su reemplazante e infundiría un terror aún mayor en Europa. Por eso, organizó una operación secreta llamada Antropoide.
Los más sobresalientes soldados checos se prepararon en Gran Bretaña, con apoyo del Ejército de ese país, para llevar adelante el plan que, pensaban, iba a ser un paso crucial en la lucha por recuperar el país. Los resultados fueron todo lo contrario.
De los reservistas, dos fueron seleccionados –por sus actitudes y sus aptitudes– para llevarlo adelante. Jozef Gabčík y Jan Kubiš, ambos de 29 años, sabían que la misión era suicida, pero también tenían claro que el destino de su nación estaba en sus manos.
El atentado y la muerte irónica
El 28 de diciembre de 1941, Gabčík y Kubiš saltaron en paracaídas en Checoslovaquia, lejos de Praga, con la intención de internarse en casas de colaboradores de la resistencia para acercarse a la capital del Protectorado, donde debían ultimar al líder nazi.
Luego de un aterrizaje y un camino lleno de obstáculos, se instalaron cerca de Praga y empezaron a estudiar cómo matar a Heydrich. El método elegido fue aprovechar su falta de custodia y atacarlo cuando hacía su camino diario desde el palacio de Panenské Břežany, donde residía, hasta el castillo de Praga, donde gobernaba.
El 27 de mayo de 1942, los soldados esperaban el paso del Mercedes Benz que el mismo Heydrich conducía, en una curva cercana al hospital Bulovka. Con la colaboración del teniente checo Adolf Opálka, que integraba una red de espionaje creada por Winston Churchill, Gabčík y Kubiš se prepararon para el magnicidio.
Gabčík tomó su fusil y quiso atacar, pero el arma se trabó y no pudo lograr su cometido. Kubiš accionó el plan B: tiró una granada cerca del vehículo, cuya explosión solo consiguió provocarle algunas heridas a Heydrich.
Gabčík, Kubiš y Opálka huyeron de manera inmediata mientras el guardia y el propio Heydrich les disparaban con sus pistolas. Los tres salieron ilesos y lograron esconderse rápidamente. Pero el nazi comenzaba a morir.
Las heridas no fueron tan graves, pero, por razones inexplicables, comenzaron a infectarse. Fue atendido en el hospital de Praga, aunque pidió ser asistido por un médico alemán, que viajó desde Berlín.
La infección avanzó tan rápido que solo 8 días después Heydrich ya no sería sucesor de Hitler: murió a causa de la septicemia. Luego surgió aquello que rechazó la posibilidad de recibir sangre, por temor a que el donante fuera judío.
La ira, la venganza y la traición

El episodio, como era de esperar, desató la ira de Hitler, que se propuso exterminar a la población checoslovaca. Sus subalternos lo convencieron de lo contrario, ya que en las fábricas del país se producían las armas que el ejército nazi utilizaba en la guerra que había emprendido 3 años antes. Entonces inició una cacería contra todo aquel sospechoso de haber colaborado en la operación.
Como los primeros informes le indicaban al Tercer Reich que los asesinos podían estar escondidos en los pueblos de Lídice o Ležáky, se ordenó la destrucción total de ambos: unos 1500 hombres mayores de 15 años fueron asesinados, mientras que las mujeres y los niños fueron enviados a campos de concentración.

Los soldados, ahora héroes, fueron refugiados en la iglesia de San Cirilo y San Metodio, en una cripta que parecía inaccesible. Nunca serían encontrados por los nazis, salvo que alguien los traicionara. Y alguien los traicionó.
Por la recompensa ofrecida por el nuevo gobernador del protectorado, por miedo a que su familia fuera castigada o para frenar la masacre que se producía en su país como consecuencia de la muerte de Heydrich, Karel Čurda, uno de los soldados que había participado de la operación Antropoide, reveló el escondite de sus excompañeros.
Unos 800 agentes de la SS rodearon de madrugada la iglesia y comenzaron a asediarla con disparos y granadas para dar con los justicieros. Si bien los soldados trataron de resistirse, los nazis lograron ingresar y acabaron con todos, incluidos los sacerdotes.
En realidad no: solo Kubiš murió como consecuencia de las heridas que recibió, las otras 6 personas que estaban en la cripta se suicidaron antes de ser capturados o ultimados.
La memoria viva en Praga
Tras dar con los responsables, los nazis siguieron con la opresión al pueblo checoslovaco hasta que en 1945 la Unión Soviética logró liberar al país, poco antes del fin de la segunda guerra mundial.

Hoy la cripta y la iglesia están abiertas al público para visitarlas y es una de las atracciones más interesantes que tiene Praga, aunque suele pasar desapercibida. Allí se cuenta la historia de los soldados, se pueden ver aún impactos de las balas nazis en sus paredes y hasta hay homenajes a todos los que perecieron allí. También, claro, hay un espacio dedicado al “traidor” que mandó a la muerte a sus compañeros.
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