En la entrada del museo Bunk’Art 2 pregunto si acepta tarjeta. El cajero responde que la terminal no funciona, pero que pruebe: “Maybe you’ll get lucky”, suelta en perfecto inglés. Pruebo. Funciona. “You’re lucky”, sonríe. Me pregunta de dónde soy. Le digo que argentino. La cara se le ilumina: “Oh, Messi; ya tienes suerte de tener a Messi”, asegura ya en español. Me río. Coincido: tenemos mucha suerte.
El museo está en pleno centro de Tirana, capital de Albania. Un búnker real: hormigón macizo, pasillos estrechos, humedad. Apenas unos paneles sobre la historia antigua; el resto es dictadura pura, de 1945 a 1991: micrófonos en lámparas, cámaras detrás de espejos, perros entrenados para perseguir desertores.

El dictador que cerró el país
El recorrido avanza por habitaciones sombrías con documentos, fotos, objetos y maquetas que intentan recrear el periodo de Enver Hoxha.
Hoxha llegó al poder luego de ser héroe de la liberación de Albania en 1945. Durante la Segunda Guerra Mundial, el país quedó bajo el dominio de la Italia de Mussolini. Tras la caída del fascismo, partisanos italianos y albaneses recuperaron la independencia. Hoxha, fundador del Partido Comunista, tomó el poder con promesas inspiradas en la Unión Soviética, la naciente Yugoslavia e incluso China.

En los hechos, fue solo un dictador paranoico obsesionado con cerrar el país al mundo. Como primer ministro, impidió que alguien entrara o saliera. Estableció controles fronterizos, creó una división especial para entrenar perros que persiguieran a quienes huían, levantó la Sigurimi —su sofisticada policía secreta— y mandó construir búnkers, convencido de que Albania sería blanco de un ataque nuclear de alguna potencia extranjera o de la OTAN.
Aliados, enemigos, traidores
En nombre del comunismo, se alió primero con la Yugoslavia de Tito, luego con la Unión Soviética de Khrushchev y después con la China de Mao. Siempre terminaba igual: enemistado, acusándolos de traidores al marxismo-stalinismo.
Tras cada ruptura, lanzaba campañas de persecución contra deportistas y artistas que se habían fotografiado con gobernantes de esos países, incluso si las imágenes databan de cuando eran aliados. Veía enemigos en todas partes. Una cita suya expuesta en el museo lo resume: “La República Popular de Albania está cerrada a enemigos, espías, turistas, hippies y otros vagabundos”.

El espionaje doméstico
Hoxha tampoco tuvo clemencia con sus conciudadanos. Implementó redes de espionaje doméstico que habrían sido un prodigio técnico, si no se hubieran usado contra la población. Con ayuda civil, agentes de la Sigurimi ocultaban micrófonos y cámaras en viviendas de sospechosos.
El procedimiento era minucioso: esperaban que los moradores salieran, reclutaban al vecino inmediato —que se convertía al instante en colaborador—, abrían un hueco en la pared hasta casi atravesarla y desde allí registraban cada conversación.

La Sigurimi también manipulaba fotografías para incriminar personalidades y acusarlas de traición. Los detenidos enfrentaban tres opciones: cárcel, trabajos forzados o pena de muerte. Y bastaba con un gesto mínimo, como persignarse frente a una iglesia, para ser señalado como traidor.
La mayoría de las iglesias, mezquitas y sinagogas fueron demolidas: la religión estaba prohibida. La pena de muerte se mantuvo hasta mucho después de la caída de la dictadura. Albania la abolió recién en 1999, aunque desde 1991 se aplicó “solo” a crímenes comunes. Como si la diferencia pudiera justificarla.
El país de los búnkers
El régimen había construido más de medio millón de refugios nucleares en todo el país. Una fiebre de cemento destinada a resistir un ataque que nunca ocurrió. Tras la muerte de Hoxha, su sucesor intentó sostener esa política de paranoia y persecución, pero la presión ciudadana lo obligó a convocar elecciones.

La primera vez que el Bunk’Art 2 se alistó para una emergencia fue en 1991, cuando una multitud derribó la estatua de Hoxha en la plaza principal de Tirana. El dictador que había levantado muros bajo tierra terminó desplomado a cielo abierto.
La ciudad después del encierro
Al salir del búnker se respira otro aire. Tirana no es la capital gris que diseñó Hoxha. Es una metrópoli con shoppings y grandes edificios, parques, mezquitas e iglesias, museos y monumentos, Burger Kings y KFCs. Como si la modernidad global hubiera llegado de golpe, sin preguntar demasiado.
El centro late en la plaza Skanderbeg, escenario de actos, conciertos, protestas y ferias. Lleva el nombre del héroe nacional que en el siglo XV intentó liberar a Albania del dominio otomano. Su estandarte —el águila bicéfala— es hoy la bandera del país.

Los turcos lo odiaban tanto que terminaron bautizándolo como el “Alejandro Magno albanés”. Y con razón: los combatió durante veinticinco años sin rendirse.
Albania compartió con los Balcanes una historia de ocupaciones: siglos bajo el Imperio Otomano, un tiempo en manos del austrohúngaro. Recién en 1912 proclamó la independencia, reconocida al año siguiente. Los líderes de esa gesta, sin experiencia republicana, instauraron un reinado. Duró hasta 1939, cuando los italianos de Mussolini invadieron el país y lo convirtieron en protectorado fascista.
Hoy, en las calles de Tirana, conviven los contrastes: niños y ancianos pidiendo monedas, basura a pocas cuadras del centro y, al mismo tiempo, vidrieras brillantes y cafés modernos.

Los albaneses hablan y gesticulan como italianos, aunque en otro idioma. Comen platos parecidos a los turcos. Y recuerdan los años dolorosos como aquellos que sufrieron a los tiranos.
Fútbol en el parque
Tirana tiene un gran parque de casi treinta hectáreas: pinos que perfuman el aire, un lago artificial, un memorial para partisanos italianos y monumentos a héroes nacionales. Allí pasean familias, parejas, deportistas, jóvenes y jubilados, pero sobre todo chicos que juegan al fútbol.

En las canchas nuevas discuten como si fueran clásicos de Champions: las camisetas de Messi brillan arriba; abajo, los búnkers, enterrados como los rivales que el 10 dejó desparramados.
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