La estación de autobuses de Mostar está deteriorada. Hasta los carteles de “obreros trabajando” parecen estar abandonados. Alguna vez intentaron arreglarla, pero dejaron la obra a medias.
Se me acerca un hombre de unos cincuenta y tantos, mal vividos. Le faltan varios dientes y huele a alcohol.
Me pide plata; cuando me niego, me pide un cigarrillo.
Me pregunta de dónde soy. “Argentina”, le respondo. Me mira raro, como si no entendiera. Entonces pronuncio la palabra mágica: Messi.
—Messi from Argentina —le digo, en un inglés aproximado.
La cara se le ilumina. Me abraza.
—Oh, my friend —dice casi a los gritos.
El fútbol. Siempre el fútbol.
Una ciudad entre ruinas
Desde la estación, en la misma calle —que a veces es avenida— por donde llegan los buses, se ven edificios a medio construir, un parque o una plaza, poco tránsito. Pero nada es lo que parece. No hay una buena vista desde ese lugar.

Mostar es pequeña, limpia, y tiene un orgullo: el Puente de Piedra (Stari Most). Es la ciudad más importante de Herzegovina. Otro argentino que la recorrió lo resumió así: “Si Bosnia y Herzegovina fueran dos países distintos, Mostar sería la capital de Herzegovina”.
La guerra que partió todo
Como toda la región, Bosnia y Herzegovina fue parte del Imperio otomano durante cinco siglos, del austrohúngaro por unas décadas y de Yugoslavia hasta su desintegración. Su independencia nació entre asedio y destrucción.
En 1992, mientras Yugoslavia se desmoronaba, Bosnia convocó un referéndum para decidir su destino. El 95 por ciento votó por la independencia. Los serbobosnios boicotearon la elección y pidieron ayuda militar a Serbia. Croacia, al principio aliada de los bosnios, terminó buscando quedarse con una parte del territorio: Herzegovina.

Mientras tanto, los presidentes de Serbia, Slobodan Milošević, y de Croacia, Franjo Tuđman, negociaban en secreto repartirse el país: crear una “Gran Serbia”, con Bosnia incluida, y una “Gran Croacia” que absorbería Herzegovina.
Los enemigos de los enemigos
Los bosníacos (musulmanes y mayoría) quedaron atrapados. Tenían sus dos principales ciudades, Mostar y Sarajevo, bajo asedio y un ejército casi inexistente: la ONU había impuesto un embargo de armas a las ex repúblicas yugoslavas, pero Serbia conservó el arsenal de Yugoslavia y Croacia conseguía armamento de contrabando.
En ese contexto nació la República Srpska, o República Serbia de Bosnia. Sus fuerzas paramilitares crearon campos de concentración y masacraron a más de ocho mil bosnios musulmanes, incluso en zonas bajo custodia de los Cascos Azules, como Srebrenica.
Al mismo tiempo, se formó la República Croata de Herzeg-Bosnia, cuya capital —ficticia— era Mostar.
Un puente rehecho, una herida abierta
El Puente de Piedra, una joya del siglo XVI erigida sobre el Neretva durante la presencia turca, fue el símbolo que la guerra eligió destruir. Los croatas lo bombardearon hasta hacerlo caer.
Años después, la UNESCO y varios países europeos financiaron su reconstrucción. Hoy el puente sigue en pie, hermoso, exacto, como si nunca lo hubieran volado. Pero todos saben que no es el mismo puente.

El alojamiento queda a mitad de camino entre el Puente de Piedra y la estación de autobuses. En apariencia, la zona tiene todo lo que una ciudad necesita. Pero, como el puente, nada es exactamente lo que parece.
El recepcionista es un hombre impecable, afeitado, sonriente, rebosante de optimismo. Habla un inglés perfecto. Me ofrece un café y un mapa. Marca los mejores lugares para comer, los sitios que “no debería perderme”, y sonríe otra vez. En la recepción hay una bandera de Bosnia y un pequeño imán con la imagen del puente.
Don’t forget
Camino hacia el casco antiguo. La zona del Puente de Piedra es lo que en cualquier parte del mundo se llamaría un “barrio turco”: aroma a café molido, puestos que venden de todo —jarritos, especias, llaveros, camisetas, adornos—, calles empedradas y turistas que sacan fotos a todo. Pero acá el turismo tiene algo de exorcismo: nadie quiere decirlo, pero todos vienen a mirar la herida.
El puente es una construcción estupenda. En su momento sirvió a los otomanos para cruzar el río, hoy sirve más para la selfie.
Bosnia y Herzegovina se caracterizó siempre por conjugar un tolerante país poblado de tres etnias diferentes que supieron convivir en paz durante largos periodos. Hasta que un día ya no. . Es llamativo que en Occidente se haya demonizado a los serbios por la guerra y el asedio en Sarajevo, y no tanto a Croacia, que hizo lo mismo en Mostar.

“Don’t Forget”. La leyenda aparece de repente, en una pared de piedra. No es un simple grafiti. Se repite varias veces, en varias paredes, en algún piso. Mostar quiere volver a ser ese lugar tolerante, donde todos conviven en paz.
En los museos de la guerra hay muchos relatos de sobrevivientes. Sobrevivir, en este caso, no era solo para los que peleaban: el asedio dejó a la ciudad sin fuentes de energía, sin posibilidad de recibir alimentos, medicamentos, combustibles ni nada que viniera de afuera. Mientras tanto las bombas caían, muchos fueron detenidos y enviados a campos de concentración.
Además, sobrevivir también era desconfiar: abundan relatos de víctimas que cuentan que eran sus propios vecinos de toda la vida los que informaban sus movimientos a los enemigos y hasta participaban de los operativos para dar con ellos.

En el trayecto de vuelta hacia el alojamiento me encuentro con los edificios a medio construir que había visto antes: en realidad, son edificios a medio destruir. En medio del acecho, los croatas bombardearon y tirotearon todo lo que pudieron. Algunas construcciones quedaron en pie, con las balas incrustadas en sus paredes, con una destrucción inconclusa.
Aquellos espacios que parecían parques o plazas, no son ni parques ni plazas: son cementerios. Las defunciones datan del lapso entre 1992 y 1995.

El hall del alojamiento está en el subsuelo. Tiene un sillón grande, con su mesa ratona, tres mesitas para dos personas, con sus sillas, una tele gigante y algunos cuadros. Los carteles son un derroche de optimismo en una ciudad tan sufrida:
“Hazme un favor y sonríe.”
“La felicidad no es un destino, es una forma de vida.”
“A veces no hay próxima vez, no hay segunda chance, no hay más tiempo; a veces, es ahora o nunca.”

En Mostar, todo parece estar en pie. Pero nada está entero. Ni el puente, ni los parques, ni las paredes. Ni la esperanza, que se esconde en el subsuelo.
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