Falucho: un héroe, una calle, el olvido

En la calle Falucho, en la ciudad de San Luis, hay –casi– de todo: tres panaderías, un resto-bar, un restaurante, tres carnicerías, cuatro verdulerías, veredas rotas y nuevas, asfalto transitable y otro que no tanto, dos lomos de burro para conductores ídem, una comisaría, un cuartel de bomberos, una escuela de danzas, árboles secos, una planta de mora, bolsas de basura, veredas recién barridas –y otras que nunca–, el costado del predio de un instituto del Conicet, tiendas de ropa, un supermercado de cadena provincial, dos autoservicios, varios comercios polirrubros, un locutorio —¿un locutorio?—, talleres, un boliche, consultorios, una secundaria, la Dirección Nacional de Vialidad, una concesionaria de autos usados, descampados, casas bajas con rejas y perros, departamentos, monoblocks, obras en construcción, edificaciones abandonadas, mucho tránsito, algunos peatones.

Entre tanto movimiento, una curiosidad: la calle no tiene ninguna referencia a su nombre. ¿Por qué una calle se llama Falucho?

El hombre detrás del nombre

Falucho, en realidad, se llamaba Antonio Ruiz. Fue un héroe de la independencia argentina, chilena y peruana. Un nombre que, como su calle, casi no figura en los libros de historia.

La historia de Antonio Ruiz la rescató Bartolomé Mitre —uno de los fundadores de la historiografía argentina “científica”— en 1857. En su crónica, el futuro presidente escribió que Falucho era un soldado negro que murió el 7 de febrero de 1824, durante la sublevación del Callao, en Perú. Los suboficiales y soldados se habían amotinado por el atraso en los pagos y el sitio cayó en manos del ejército español.

En medio del caos, Falucho se negó a rendirse por el honor del “pabellón argentino”: rompió su fusil, cayó de rodillas frente a los traidores y gritó “¡Viva Buenos Aires!”. Lo fusilaron enseguida.

Pero investigaciones posteriores —e incluso una carta que el general Miller envió a José de San Martín en 1830— ponen en duda esa versión. En la misiva, Miller le contaba al Libertador —que ya vivía en Francia— que “el morenito Falucho, que era de la compañía de cazadores del número 8 y tomó una bandera en Maypu”, le enviaba saludos.

Seis años después de su supuesta muerte, Falucho seguía vivo. La historia oficial lo mató; algunos documentos dicen que no.

De los libros a las calles

Casi cien años después de aquella muerte (o no muerte), una Asociación Pro Patria de Señoras pidió al intendente de San Luis que una calle llevara su nombre. “En el centenario de su muerte, a un servidor de la patria”, decía la nota.

Plano de San Luis a mano alzada, publicado en el Boletín Oficial de 1927 (Crédito: Santiago Rovera)

“Fue sancionada esta ordenanza el 7 de febrero de 1927 por el intendente Próspero Cantesano”, detalla el investigador Santiago Rovera en un artículo publicado en mayo de 2024.

Por entonces, Falucho integraba el panteón de los héroes de la patria. Su historia recordaba también el aporte de los afrodescendientes a la independencia de Argentina y de toda Sudamérica.

La calle Falucho comienza en doble mano, en un descampado cerca de la avenida Centenario. Termina casi cuatro kilómetros después, en la avenida José Santos Ortiz, ya en un solo sentido. Pasa por los barrios Jubilados, Jardín Aeropuerto, Pabellón Argentino, ATE 1 y la zona de las Cuatro Avenidas. Por tramos se interrumpe y traza desvíos caprichosos.

El olvido

Años antes, se había erigido un monumento a Falucho, hoy emplazado en el barrio porteño de Palermo.

“Enseñémosles —dijo entonces el concejal Carlos Delcasse— que cualquiera sea el rango, cualquiera sea la raza, el mérito es igual; que el heroísmo tiene siempre derecho a los mismos homenajes y la seguridad de obtenerlos”. La historia no le dio la razón.

También por la época, el cantautor de tangos Agustín Magaldi Coviello compuso el himno patriótico El negro de San Martín, que se cantaba en las escuelas hace varias décadas. Con el tiempo, la canción pasó al olvido.

Monumento a Falucho en CABA, frente a los cuarteles del Regimiento de Patricios (avenida Santa Fe y Luis María Campos)

La vida cotidiana

En la calle Falucho, hay una carnicería llamada El Papi y a dos cuadras un maxikiosco que se llama Papucho. Los vecinos se saludan, hablan a los gritos, se sientan en la vereda. Otros van con sus bolsas de compras, se quejan de los precios y del calor. Los autos pasan a velocidad promedio, aunque algunos no respetan los límites mínimos ni los semáforos.

-¿Hace mucho que vive por acá?
— De toda la vida.
-¿Sabe quién fue Falucho?
— Ni idea.

Una chica más o menos joven me mira de arriba abajo. Tiene una musculosa negra, un pantalón muy corto, sus piernas muy blancas con tres tatuajes. Cuando la miro, agacha la vista y entra a una panadería.

Un señor jubilado, vestido con una camisa verde y un pantalón gris, pasea su perro y se sienta a descansar en un escaparate. Me mira durante varios segundos, hasta que lo saludo con la cabeza y mira para otro lado.

Siglo XX

La historia de Falucho está en una nebulosa tan densa que hasta hay dudas sobre si nació en Buenos Aires o en África. Su desaparición de los relatos tradicionales argentinos se potenció desde finales del siglo XIX y comienzos del XX, junto a la disminución de la población afrodescendiente y el intento por invisibilizar esas raíces.

“La ¨desaparición¨ afroargentina se suele explicar mediante diversas hipótesis que han calado hondo en el pensamiento popular argentino y forman parte del sentido común, por más que los historiadores, antropólogos y los propios afroargentinos las vienen refutando desde hace décadas. Entre las principales explicaciones de la supuesta inexistencia afro en el país se encuentran la muerte a gran escala como resultado de epidemias, la utilización de los afrodescendientes como ‘carne de cañón’ en las guerras, el mestizaje o el bajo índice de masculinidad de la población afro”.

La cita pertenece al artículo Falucho, paradojas de un héroe negro en una nación blanca. Raza, clase y género en Argentina (1875-1930), de los investigadores Lea Geler y María de Lourdes Ghidoli, publicado en la revista científica Avances del Cesor, del Conicet de Rosario.

Centenario de la «muerte» de Falucho, 16 de febrero de 1924 (Caras y Caretas)

Sigue:

“La erosión de la alteridad racial no blanca en el país fue un proceso complejo que se desarrolló a la par de los procesos de consolidación del Estado y construcción de la nación en la década de 1880. Durante este tiempo se impuso una ideología que defendía la superioridad de lo blanco-europeo, considerado como moderno y civilizado, y políticas de Estado que buscaban la construcción de una población homogénea y europea. Estas políticas nutrieron la negación de la presencia afroargentina y consolidaron el proceso social conocido localmente como ‘invisibilización’”.

Hoy

Hoy, en la calle Falucho, entre comercios, organismos oficiales y veredas irregulares, el nombre sigue allí, impreso en los carteles que pocos miran, en el GPS y en los recibos de los deliverys. Cada esquina guarda, en silencio, la memoria de un héroe que la historia quiso olvidar.


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