Una larga escalera hacia la historia

Dicen que la escalera de la estación Park Pobedy del metro de Moscú es la escalera mecánica más larga del mundo. Dicen que mide casi 130 metros y tiene más de 700 escalones –y se supone que todos confiamos en que alguien la midió. Dicen que parece no terminar nunca. Y parece. Porque desde abajo no se ve el final.

Salir a la superficie

La estación Парк Победы, Parque de la Victoria, forma parte del vasto laberinto subterráneo de Moscú, con más de 240 estaciones conectadas por líneas que se cruzan a distintos niveles y estilos. Cuando uno llega a la cima de la interminable escalera, todavía no está afuera. Hay que tomar otra, breve y casi ridícula después de la primera, y una más —de las comunes— que finalmente lleva a la superficie.

Salir a la calle es salir a la historia.

El Parque de la Victoria

A pocos metros de la salida está el Parque de la Victoria, el mayor homenaje de Moscú a los héroes y caídos en la Segunda Guerra Mundial. Pero lo primero que aparece en la superficie es otro tributo: un arco de triunfo monumental que recuerda la resistencia rusa frente a Napoleón en 1812. Antes de rendir tributo a los muertos del siglo XX, Rusia recuerda los del XIX.

En 1812, Napoleón invadió Rusia con un ejército descomunal. Los rusos, sin fuerza para enfrentarlo, prefirieron quemarlo todo antes que rendirse. Las ciudades vacías, los pueblos incendiados, el invierno: esa fue la táctica. Y funcionó. Cuando el ejército francés, agotado y hambriento, intentó volver sobre sus pasos, fue aniquilado. Fue una de las peores derrotas de Napoleón y el comienzo de su caída.

El monumento está ahí, en las inmediaciones del Parque de la Victoria, para recordar un triunfo que también quedó enclavado en la historia del país.

La guerra y la resistencia rusa. Una historia que se repite más de lo que se admite.

La Gran Guerra Patriótica

Para los rusos, la Segunda Guerra Mundial no es la Segunda Guerra Mundial: es la Gran Guerra Patriótica. Ninguna celebración convoca tanto fervor como el 9 de mayo, día de la capitulación nazi en 1945.

El reconocimiento a los caídos está en cada rincón de Moscú: estatuas, llamas eternas, placas, museos. Pero ninguno condensa tanto sentido como este parque, un espacio inmenso donde la piedra, el bronce y el mármol narran la historia nacional como si fuera una epopeya.

En cada monumento se repite una frase: “Juntos derrotamos al fascismo.”

Rusia no se atribuye sola la victoria: la comparte con sus aliados. Un guía resume la idea con orgullo medido: “No decimos ganamos nosotros con su ayuda; decimos todos frenamos al nazismo.”

Esculturas, templos y símbolos

El parque está lleno de emblemas: la iglesia de San Jorge Victorioso, patrono de Moscú; un obelisco de 141,8 metros —diez centímetros por cada día de guerra en suelo ruso—; una capilla ortodoxa, una mezquita y una sinagoga que simbolizan la unión de credos.

El Museo Central, de cuatro pisos, guarda la parte más impresionante: dioramas que reproducen las grandes batallas —Moscú, Stalingrado, Kursk, Berlín— con una precisión inquietante. Las imágenes son hipnóticas, como si la historia se negara a quedarse quieta.

En un pasillo llamado “del Recuerdo”, una mujer llora sobre un soldado caído: representa a todas las madres, hermanas, esposas e hijas que despidieron a quienes no volvieron del frente. Otro sector detalla que fueron 27 millones las víctimas rusas entre 1941 y 1945.

En otra sala, un texto menciona el plan estratégico de Stalin para derrotar al enemigo, aunque advierte “errores políticos y sociales”. La historia oficial se permite una mínima grieta, sin desacomodar el relato heroico.

También hay muestras sobre los daños a las viviendas civiles y hasta el tronco de un árbol con una pieza de lanzacohetes incrustada.

A pocos metros, una escalera coronada por la espada de la victoria lleva hacia la Sala de la Gloria, cuyas paredes están cubiertas con los nombres de todos los héroes rusos, declarados por la URSS o por la Federación Rusa tras la disolución soviética.

La memoria convertida en paisaje

Fuera del museo, tanques, aviones y formaciones de tren completan la exhibición. También hay una trinchera que se puede recorrer. Todo está dispuesto para recordar, pero también para mostrar.

El conjunto del parque es impactante: el sufrimiento, el dolor, el alivio, la celebración de la victoria, el reconocimiento a los héroes. Una conjunción de factores reunidos en un espacio físico que deja en claro el sentimiento que despierta la “Gran Guerra Patriótica” en el pueblo ruso.

Y ahí, quizá, está la paradoja: entre los monumentos y las esculturas, hay puestos de comida, cafés, vendedores de helado, familias que pasean con niños, corredores y ciclistas que usan el parque como circuito deportivo. La memoria convive con la rutina.

El parque es museo, santuario, esparcimiento y postal viva de la identidad rusa: monumental, orgullosa, contradictoria.

El descenso interminable

El recorrido termina donde empezó: en la escalera del metro.

Bajar por esos 700 escalones es como volver al subsuelo de la historia. Uno se aleja de la superficie, del brillo de los monumentos, y entra de nuevo en la profundidad donde empieza —o termina— todo.


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