Nunca sentí tanto frío como en Múnich. No sé si es el aire, el amanecer tardío, la noche temprana o los propios alemanes. El frío parece venir de todas partes: de los edificios, del suelo, de las miradas que apenas se cruzan.
Es la segunda vez que estoy en Alemania y, como la primera, me sorprende cómo la puntualidad y la eficiencia se vuelven norma. Los kioscos, los trenes, los puestos de comida: todo funciona con exactitud, aunque con una impaciencia que desconcierta. Una pregunta innecesaria altera el orden; una demora mínima basta para que alguien decida por vos. Es el reloj como identidad nacional.

La ciudad combina monumentos intactos y avenidas limpias con rincones —no tan ocultos— donde la mugre se acumula.
Caminar por Múnich es atravesar capas de historia sin tocar ninguna del todo. Todo está ahí, visible, ordenado, pero a una distancia que ni el visitante ni el propio habitante parecen dispuestos a reducir. Quizás ese sea el verdadero frío.

Un carpintero contra el destino
En una plaza pequeña, casi oculta, cerca del Odeonsplatz, unas placas de mármol negro muestran textos y fotos. Los transeúntes pasan a metros y ni las miran. Nada llama la atención. Una placa destaca un nombre: Georg Elser.
La historia lo rescató tarde. Ese carpintero desconocido estuvo a trece minutos de asesinar a Adolf Hitler y evitar la Segunda Guerra Mundial.

Johann Georg Elser nació en Hermaringen, Wurtemberg, el 4 de enero de 1903. Hijo de una familia pobre, creció con un padre agricultor y carpintero, alcohólico y cambiante. De chico ayudó en la carpintería familiar, aunque muy pronto buscó su propio camino.
Aprendió fundición, trabajó como tornero y luego como carpintero, hasta que consiguió un puesto en una fábrica de relojes. Ahí obtuvo los conocimientos que más tarde lo colocarían en otro plano de la historia.
Con la crisis alemana de finales de la década de 1920 se radicó en Suiza y volvió a su oficio. En 1936 regresó a Alemania para trabajar con su padre y, poco después, ingresó a una fábrica de tuberías.
Mientras cumplía tareas ahí descubrió que los materiales producidos eran componentes para bombas. Lo vio claro: Alemania se preparaba para otra guerra. Decidió hacer algo.
En 1939, durante treinta noches, se escondió en la cervecería Bürgerbräukeller, donde Hitler daría un discurso el 8 de noviembre en la conmemoración del fallido golpe de 1923. Con paciencia de carpintero colocó explosivos en un pilar. Con sus conocimientos de relojería instaló un temporizador para que Hitler y los jerarcas nazis volaran por los aires en el momento exacto en que el Führer hablara.
La bomba cumplió. El destino no.
Por mal clima, Hitler habló menos de lo previsto y regresó a Berlín. Se fue trece minutos antes de la explosión. Trece minutos: la distancia exacta entre la historia que ocurrió y la historia que pudo ocurrir.
Elser fue detenido cuando intentaba huir a Suiza. Lo torturaron. Lo enviaron a Dachau. Lo ejecutaron un mes antes del final de la guerra. Sin juicio. Sin ceremonia. Solo silencio. La Alemania reconstruida tampoco lo recordó: un obrero sin órdenes, sin partido, sin permiso. Un héroe fuera de protocolo.

Hoy, en el lugar donde ocurrió todo, solo queda el eco: unas placas, unas flores secas, un cartel discreto. Nadie se saca fotos ahí. En una ciudad donde cada piedra guarda memoria, este rincón parece haber sido perdonado por olvido.
Volver a la ciudad
Volver a las calles después de ese rincón es volver a la versión oficial de Múnich: impecable, ordenada, puntual. La ciudad luce cada fachada como si no debiera explicaciones, como si alcanzara con mostrar lo que queda en pie y callar lo que se perdió.

El frío vuelve a sentirse. Quizás porque ahora sé de dónde viene.
Busco algo para comer. Encuentro un local pequeño dentro de un centro comercial. El hombre que atiende parece salido de otro clima: enorme, vital, rápido. Me sirve falafel y verduras, pregunta cosas que no entiendo y, cuando dudo si poner queso, él resuelve ponerlo igual. Me río. Le pido cubiertos y me mira como si fuera una broma. “Please”, dice mientras abre los brazos e inclina la cabeza. La impaciencia: un idioma universal.

Múnich exhibe museos, cervecerías, palacios, iglesias con entrada paga y merch del Bayern Munich en cada esquina. También tiene un carpintero que casi cambia el mundo y una ciudad que no siempre encuentra tiempo para recordarlo.
Quizás ese sea su verdadero ritmo: memoria cuando no estorba y sirve para la selfie.
Todo lo demás sigue ahí, quieto, silencioso, esperando que alguien se detenga trece minutos más.

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