Cuando el zar Alejandro III ordenó ejecutar en la horca a Aleksandr Ilich Uliánov, el 20 de mayo de 1887, jamás imaginó que esa decisión desencadenaría una serie de episodios que acabarían para siempre con el régimen zarista en Rusia y que el hermano del condenado terminaría convirtiéndose en el verdugo de su familia.
Lenin -que se llamaba Vladimir Ilich Uliánov- no estaba alejado de las ideas revolucionarias del marxismo durante su juventud, pero recién las abrazó con fervor a partir de la muerte de su hermano, acusado de participar en la planificación de un atentado contra el zar.

Aleksandr, el mayor de los Uliánov, era un estudiante prolífico admitido en la Universidad de San Petersburgo. Durante su cursada participó en reuniones clandestinas donde se promovía la revolución para terminar con el zarismo y fundar una sociedad más justa.
Tras la aplicación de la pena capital a uno de sus integrantes y la muerte previa del jefe de familia, Iliá Uliánov, la familia se trasladó a Samara, a unos 900 kilómetros al suroeste de Moscú.
Una ciudad en reserva
Pese a su distancia con la capital –o tal vez por eso–, Samara fue elegida “capital de reserva” durante la II Guerra Mundial, mientras Alemania intentaba invadir Rusia. Ese estatus se mantuvo hasta el final de la Guerra Fría.

Muy cerca del malecón del río Volga se instaló la familia Uliánov. En mayo de 1890, María Aleksándrovna Blank, madre de Lenin, alquiló un departamento en la actual calle Leninskaya. Buscaba resguardo y, también, proteger a su hijo, expulsado de la Universidad de Kazán por sus manifestaciones revolucionarias.
La casa, ubicada en el segundo piso del edificio, es hoy un museo dedicado a los años de la familia en la ciudad. Fue allí donde Lenin comenzó a interiorizarse con mayor devoción en las ideas marxistas.
El piano y los libros
La vivienda conserva la estructura típica de una casa familiar: una escalera, un recibidor, una cocina, un pasillo que conecta las habitaciones y un amplio comedor con un piano de cola.

El piano permanece en el mismo lugar desde los tiempos de los Uliánov. La familia lo vendió al mudarse, pero nunca se movió. Más allá de las particularidades de cada habitación —maquillaje en la de la hermana mayor, juegos en la de los hermanos menores—, todas tenían estantes con libros y una mesa de estudio.
En una de esas habitaciones, Lenin empezó a leer a Karl Marx. Allí se gestó, al menos en el plano ideológico, una parte sustancial de la Revolución de Octubre, que puso fin al zarismo e instaló el gobierno socialista durante más de ochenta años en la Unión Soviética.

Donde la historia se cierra
Al llegar al máximo cargo del Partido Bolchevique y gobernar Rusia, Lenin concretó lo que bien podría leerse como una “venganza familiar”, aunque sería injusto reducirlo a eso: presidió el gobierno que fusiló a todos los integrantes de la familia del zar Nicolás II, hijo de Alejandro III y gobernante en ese momento.
La historia terminó donde había comenzado: con el enfrentamiento entre la familia de Lenin y la dinastía de los Romanov.
Samara se enorgullece hoy de haber sido la cuna del pensamiento revolucionario del protagonista central de la gesta que puso fin a la opresión e impuso un nuevo modelo de vida en el país.

El museo y la historia de Lenin en la ciudad no figuran en los grandes mapas turísticos, pero están ahí: en una calle discreta, custodiando el rincón donde un estudiante de leyes empezó a pensar cómo dinamitar un imperio.
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