Me pregunto si se lo creerían. Si alguno de los miles y miles que llegaban después de viajar en tren durante horas hacinados, apretados, sin agua, sin aire, sin comida, tenía la esperanza de que aún podía hacer algo para librarse de la tortura y la muerte. Si de verdad a alguien, al ver ese cartel, se le cruzó un pensamiento optimista.
El cartel con la leyenda Arbeit macht frei está desde 1940, desde que los nazis construyeron el campo de concentración de Auschwitz, en las afueras de la ciudad polaca Oswiecim. Meses antes, la Alemania de Adolf Hitler invadió Polonia, inició la Segunda Guerra Mundial y empezó a sumar territorios bajo su control.

Auschwitz iba a ser uno más de los cientos de campos de concentración establecidos desde 1933, cuando la “solución a la cuestión judía” todavía no era la “final”.
El funcionamiento del campo
Al trasponer la entrada, se extienden los bloques a ambos lados, cada uno con su función: una oficina de recepción de prisioneros, una de requisa y retención de bienes, una “sala de juicios”, celdas para reos y habitaciones para los que tenían como destino los trabajos forzados. Como se había edificado para los ciudadanos polacos detenidos en masa desde 1939, en un principio tenía una capacidad limitada para albergar cautivos.
Con la llegada de prisioneros judíos, el régimen nazi lo amplió y creó Auschwitz II, Auschwitz III y otros subcampos. Desde 1942, funcionó como campo de exterminio: el que entraba estaba condenado a muerte, directa o indirectamente.

Dentro de los bloques de habitaciones, el lugar era tan pequeño para la cantidad de alojados que todos tenían que dormir de costado, tirados en colchonetas ínfimas sobre un piso cubierto de paja. En algunas de ellas había cuchetas para tres personas, aunque siempre albergaban a muchas más.
Allí solo iban los que estaban aptos para trabajar y eran obligados a realizar tareas industriales del Tercer Reich. Trabajaban 11 o 12 horas por día, recibían una pequeña ración de alimento y dormían amontonados en el suelo. Era aquel trabajo que “los haría libres” según el cartel del ingreso.
Hambre, castigo y muerte
Quienes no podían trabajar eran alojados en calabozos colectivos, donde la comida también escaseaba, y las enfermedades y las infecciones se propagaban sin control. Si no morían ahí, el futuro no era más auspicioso: los esperaba la pena capital, por cualquier motivo. O por ninguno.
Antes de instalar las cámaras de gas y convertirse en la fábrica de muerte, en el predio ya funcionaba el Bloque 11, el “Bloque de la muerte”, que contenía celdas de castigo. Los prisioneros eran encerrados en un espacio ínfimo, sin comida ni agua, y la mayoría moría de hambre. El que lograba sobrevivir era fusilado o ahorcado.
Huir del campo era casi imposible: todo el predio estaba rodeado de alambres de púas y torres de vigilancia. A diario se realizaba el conteo de prisioneros. Si faltaba alguno, comenzaba la tortura a sus compañeros de celda. Las torturas, casi siempre, terminaban en la muerte.

Las pertenencias y la industria del exterminio
Aún hoy, el bloque de requisa guarda pertenencias que les quitaban a los prisioneros: zapatos, anteojos, platos, cubiertos, envases, prótesis y hasta el cabello que les cortaban en el ingreso. El pelo se comercializaba a la industria textil para hacer telas: casi dos mil kilogramos vendieron los nazis durante los años que funcionó el campo.
Cuando en 1942 el régimen de Hitler dio inicio a la solución final a la cuestión judía, Auschwitz se convirtió en el epicentro del exterminio. Se instalaron las cámaras de gas para dar muerte a los prisioneros a escala industrial.
Uno de los bloques es una reconstrucción: la cámara de gas y los hornos crematorios. La edificación original fue destruida por los nazis cuando los soldados soviéticos cercaban la ciudad.

Los prisioneros eran trasladados con la excusa de que iban a higienizarse. Los hacían desvestir y ubicarse en una “ducha”. Desde la cañería ingresaba el pesticida Zyklon B, que los mataba en poco tiempo. Luego sus cuerpos eran reducidos a cenizas.
Las víctimas
Pero no eran solo judíos los presos, torturados y ejecutados. Se pudo comprobar que al menos un millón trescientas mil personas de más de 20 nacionalidades pasaron por el campo entre 1940 y 1945. Un millón cien mil murieron allí.
Entre los detenidos también había gitanos, polacos, prisioneros de guerra soviéticos, comunistas, homosexuales y testigos de Jehová. Además de las torturas, algunos fueron sometidos a experimentos médicos planificados por el régimen o impulsados por compañías farmacéuticas e institutos de salud.

A medida que Alemania perdía la guerra, en enero de 1945, los administradores del campo quemaron documentación en hogueras y destruyeron las cámaras y los hornos antes de huir.
El Ejército Rojo llegó el 27 de enero de 1945, liberó a los detenidos y les brindó asistencia médica.
El presente
Hoy, Auschwitz es un museo, donde las imágenes, los documentos y las edificaciones cuentan la historia de tantos que no pudieron.

Al terminar el recorrido, las imágenes se superponen. Turistas hacen fila en la boletería, las charlas son animadas, hay risas.
Los espera un cartel con una frase en alemán.
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