Un mural de Maradona en Podgorica

En una calle perdida de Podgorica hay un mural de Diego Armando Maradona. No es una de las calles principales ni una gran avenida. No. Es una calle común y corriente, con casas, negocios y veredas más o menos en condiciones. Pero en una de sus paredes aparece Maradona.

Está en inmediaciones de la terminal de ómnibus. Casi todo en la capital de Montenegro queda cerca de la estación: la ciudad es bastante chica. El mural dice “Grande Diego”, en español.

No es algo tan raro, me explica mi anfitrión en la ciudad. Días después de la muerte de Diego, el 25 de noviembre de 2020, aparecieron varios murales en distintos sectores. Algunos ya fueron reemplazados por otros o tapados con pintura.

Ahora hay murales de Palestina.

En Podgorica viven casi 180 mil personas. La ciudad se llama así porque está debajo de una colina llamada Gorica: el prefijo “pod” significa “debajo de” en el idioma local. Su primer nombre fue Ribnica, por uno de los seis ríos que atraviesan su geografía.

Además del que dice “Grande Diego”, había otro mural, mucho más conocido, cerca de la Sahat Kula, la torre del reloj. La torre es uno de los sitios más históricos de la ciudad.

La edificación no solo es antigua y llamativa. Es una de las pocas —muy pocas— que quedaron en pie después de la Segunda Guerra Mundial.

Una capital reconstruida

Al inicio del conflicto bélico, Montenegro quedó en manos de la Italia fascista. En 1943 pasó a dominio directo de Alemania.

Las fuerzas aliadas, con apoyo de los partisanos yugoslavos e italianos, bombardearon varias veces la capital en su avance contra los ocupantes. Los ataques devastaron la ciudad.

Hoy, el 95 % de sus edificios tiene menos de 80 años.
Una ciudad nuevita.

Terminada la guerra, Josip Broz Tito asumió el control de Yugoslavia. Montenegro quedó dentro del nuevo país, pero con una capital destruida.

Tito tuvo dos ideas: una buena y una mala.

La primera: reconstruir la ciudad. Levantó edificios de viviendas, recuperó las calles, construyó puentes sobre los ríos.

La segunda: cambiarle el nombre. Podgorica pasó a llamarse Titograd —la ciudad de Tito—.

Una idea funcionó.
La otra quedó en el olvido.

En el centro de Podgorica está Independence Square, la antigua Plaza de la República, rodeada de comercios y edificios grises, blancos, aburridos. El paisaje es equiparable al de otras ciudades de la ex Yugoslavia, e incluso de la ex Unión Soviética.

Los gobiernos comunistas anteponían la necesidad a la estética. Por eso construían edificios para que la gente tuviera dónde vivir, sin muchos adornos ni arquitecturas sofisticadas.

Son tan funcionales que muchas de esas viviendas siguen en pie aún hoy, incluso después de que la OTAN bombardeara la ciudad durante la Guerra de Kosovo en 1999.

Religiones, imperios e independencia

En esta región conviven tres grandes religiones con bastante armonía. La principal es el cristianismo ortodoxo, aunque también hay un gran número de musulmanes —herencia del Imperio otomano— y una minoría de católicos apostólicos romanos.

Montenegro fue parte del Imperio otomano, como gran parte de los Balcanes. Logró su independencia en la década de 1870, antes de que el Imperio austrohúngaro se quedara con una buena parte del territorio.

La iglesia ortodoxa se rige por el calendario juliano, por lo que en Montenegro la Navidad se celebra el 7 de enero del calendario gregoriano.

Ese festejo implica tres días feriados: el 6 (Nochebuena), el 7 y el 8, que es el “día después de Navidad”.

Esa celebración se nota bastante en la ciudad: solo abren los comercios cuyos dueños son musulmanes; el resto está todo —todo— cerrado.

Montenegro fue el último país —hasta ahora— en independizarse de Yugoslavia. Cuando comenzó la desintegración, el país se mantuvo en la república federal, que en 2002 cambió su nombre a Serbia y Montenegro.

En 2006, el 55 % de la población votó por la independencia. La escisión se hizo sin ningún conflicto con sus antiguos compañeros de federación.

El imperdible de Montenegro

Mientras Podgorica se reconstruía tierra adentro, en la costa Kotor esperaba. Hace 45 años su casco histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Todos recomiendan conocer Kotor: locales y visitantes. “Tenés que conocer Kotor”, dicen, en distintos idiomas. Es el “imperdible” del país. La curiosidad siempre gana.

El camino en bus es corto —menos de 100 kilómetros— y el paisaje, entre montañas y mar, anticipa un destino prometedor.

Kotor está sobre la costa adriática y es uno de los centros turísticos emblemáticos del país. Tiene un casco antiguo amurallado que parece salido de Venecia, y al lado hoteles, restaurantes y yates.

Además de las callecitas de piedra, las iglesias, las mezquitas y la torre del reloj, está la fortaleza veneciana.

Formidable.
Sigue en pie.

El fuerte parece inexpugnable. Venecia era una potencia naval y construía para durar. La construcción resistió durante siglos y solo un terremoto en 1979 le provocó algunas grietas.

A la vieja ciudad se ingresa por la Puerta del Mar, la Puerta del Río (o puerta norte) y la Puerta Sur.

Da igual por dónde entres: adentro es siempre el mismo siglo.

Kotor vive del pasado.

En Podgorica, en cambio, el presente lo reemplaza a cada rato.

Como el mural en la calle Omladinskih Brigada.
Ese que todavía dice “Grande Diego”.


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