Crimen, castigo y zares

A San Petersburgo los rusos la llaman “Piter”. Dicen que es una de las ciudades más bonitas de Rusia. También que es la Venecia del norte. Y la más europea.
Todo eso dicen. Habrá que ver.

La fundó Pedro el Grande en 1703. Y le puso —faltaba más— su propio nombre: San Petersburgo. Después se llamó Petrogrado, desde 1914. En 1924, el gobierno bolchevique de la Unión Soviética la nombró Leningrado, tras la muerte de Vladimir Lenin. Y en 1991, caída la Unión Soviética, volvió a ser San Petersburgo.

En la ciudad es imposible no buscar los lugares de Fiódor Dostoievski en Crimen y castigo. A veces aparecen solos.

Una escena de Dostoievski

Tres siberianos toman cerveza en el patio del hostel cuando se hace de noche. Son dos jóvenes camioneros con la novia de uno de ellos. Me hablan, un poco en ruso y un poco en un inglés muy pobre. Me convidan. Es difícil seguirles el ritmo: aquí la cerveza se toma tibia y ellos ya tienen varias horas de práctica.

En la madrugada es evidente que están borrachos. Hablan a los gritos. Desde los edificios vecinos les gritan que se callen. Ellos contestan, a los gritos. Todo en ruso. No entiendo nada.

Tres minutos después aparecen dos policías. Rubios, grandotes, muy rusos. No sé lo que dicen, pero la frase suena a “nos van a tener que acompañar” y nos llevan a la comisaría, que está a dos cuadras. Todavía no lo sé, pero ese lugar tiene historia.

En el camino piden los documentos. El pasaporte argentino les llama la atención: se lo pasan entre ellos y lo miran con detenimiento. Nos meten en la oficina del que parece ser el jefe. Uno de los policías le dice que entre los demorados hay un argentino. El otro pregunta:

—¿Para qué traés a un argentino?

Me hacen señas para que salga. En la calle, uno de los grandotes me dice:

—Be careful.

Le agradezco —no sé en qué idioma— y me voy.
Los siberianos pasan toda la noche en la comisaría.

En la habitación, internet me salva. La comisaría en la que acabo de estar es la misma en la que Porfiry Petrovich investiga el crimen en la novela de Dostoievski.

Una ciudad construida para impresionar

San Petersburgo es una ciudad de canales, palacios y edificios monumentales. Es antigua y muy moderna al mismo tiempo. No porque mezcle edificaciones nuevas con viejas, sino porque existen leyes que impiden que las construcciones superen las cúpulas de las iglesias y obligan a respetar el estilo original. Así, es imposible encontrar una construcción que no esté en sintonía con su entorno.

Es la segunda capital del país y alguna vez fue la primera. Pedro el Grande la fundó con la idea de que Rusia tuviera una salida al mar. Nació como una ventana al mundo occidental y también como un campo de batalla.

Desde su inicio, en el siglo XVIII, estuvo teñida de sangre. El zar consiguió hacerse con el territorio en una cruenta guerra con Suecia, país al que pertenecían esas tierras, que duró casi 20 años.

Pero no fue la única vez. Durante la Segunda Guerra Mundial sufrió el Sitio de Leningrado, uno de los asedios más crueles de la historia moderna. La ciudad estuvo 872 días sin comida, sin combustible, bajo bombardeos constantes.

Los historiadores calculan que en ese tiempo murieron más de un millón y medio de personas. Muchas, de hambre y de frío.

La resistencia de los soldados rusos y de los civiles —la mayoría sin formación militar y armados con lo que tenían a mano— terminó con el asedio en enero de 1944, un año antes del fin de la guerra.

Puentes, palacios e imperio

Caminar por San Petersburgo es atravesar puentes y sentirse pequeño ante la opulencia de sus avenidas, sus templos, sus edificios y su río Neva, que parece un mar.

Hay más de cuatrocientos puentes. Algunos levadizos, otros fijos. Todos cruzan el Neva o sus canales. La comparación con Venecia ya no parece exagerada.

Del otro lado del río, la Fortaleza de San Pedro y San Pablo mantiene la estructura de sus inicios, cuando protegía a la ciudad de los suecos que querían recuperarla. Más lejos, en las afueras, está Tsarskoye Seló, donde los Romanov, la última familia real de Rusia, estuvieron detenidos antes de ser enviados a Ekaterimburgo para su fusilamiento.

De este lado, las catedrales de Kazán, de San Isaac y de Cristo Salvador sobre la Sangre Derramada parecen acompañar la idea de que la ciudad es la “capital cultural” del país. Los templos —muestras del diseño ortodoxo— son casi museos de frescos bizantinos y dorados.

El museo Hermitage es otro pilar de esa fama cultural, además de un imán turístico. En el enorme complejo de seis edificios, contemplar en soledad alguna de las tres millones de piezas que alberga es una misión imposible. Igual de imposible es ingresar sin tener que esperar una larga fila.

El conjunto arquitectónico tiene bajo sus dominios el Palacio de Invierno, antigua residencia de los zares. Lo que hoy es el museo nació como una colección privada de los gobernantes.

A unos pocos metros está la Plaza del Palacio. Un guía cuenta que el lugar exacto donde estamos parados fue el escenario del Domingo Sangriento, en enero de 1905. Fue la primera gran protesta de los trabajadores rusos en la ciudad, que el zar ordenó reprimir con violencia y terminó con centenares de muertos.

En ese mismo sitio, sigue el guía, se sucedieron multitudinarias manifestaciones previas a la Revolución de Octubre de 1917.

La ciudad que no es del todo Rusia

San Petersburgo parece construida para impresionar. Su avenida Nevski deleita la vista con sus edificios gubernamentales de otro siglo, sus bares de moda, sus comercios de todo, su vida nocturna, sus museos. La calle fue fuente de inspiración: Nikolai Gogol, Dostoievski, Maxim Gorki y León Tolstoi la utilizaron como escenario de algunos episodios de sus novelas más famosas.

Hasta el clima parece cumplir una función. En verano la noche es muy corta —solo tres horas—. En invierno, interminable. Pero siempre ofrece un espectáculo: los puentes sobre el río Neva se levantan para que pasen los barcos.

Bajo la ciudad, el metro funciona con precisión suiza. Aunque tal vez debería popularizarse una expresión del estilo “con precisión de subte ruso”. En hora pico, los trenes pasan cada 95 segundos, contados por un cronómetro presente en la mayoría de las estaciones. En horario de pocos pasajeros, la espera máxima es de 4 minutos.

La gente los espera, como espera todo. Aunque es una capital superpoblada, los rusos de San Petersburgo no parecen acelerados todo el tiempo. En otras ciudades, la gente parece apurada hasta para ir a tomar un café. Acá, no. La vida cotidiana es más tranquila.

San Petersburgo es Europa, pero no del todo.
Es Rusia, pero tampoco del todo.

Es un capricho de un zar, una ciudad construida sobre huesos, una capital que ya no es capital, un museo donde la gente vive.

Para los rusos, es simplemente Piter.


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