El último refugio de San Martín

La casa no es fácil de encontrar, pero tampoco tan difícil. Boulogne-sur-Mer no es una ciudad grande, pero sus calles empinadas y el aire frío del mar cansan rápido. El aroma a pan recién hecho de las boulangeries, presentes en cada cuadra, flota en el aire.

En esta ciudad —en esta casa— José Francisco de San Martín pasó sus últimos años, después de irse resignado de la Argentina y mientras evitaba el convulsionado clima de París.

Desde afuera, la vivienda parece una casa antigua más. La diferencia está en los detalles: una bandera argentina en el frente, un cartel con la simple leyenda “Casa de San Martín” y un papel pegado a la puerta con horarios de apertura y vías de contacto.

Hay que tocar un timbre que suena como el de un colegio y esperar un buen rato, sin saber si alguien escuchó, si van a abrir o si no hay nadie. Conviene avisar antes de ir. La casa tiene varias plantas y el Granadero encargado de custodiarla puede estar en cualquier piso. Eso recién se entiende cuando uno entra y descubre el tamaño del lugar.

El custodio tiene un mandato breve, renovable por otro período igual. Vive ahí, en la misma casa donde murió San Martín hace más de 175 años.

El Granadero

El hombre que abre la puerta es amable, conversador y habla con una seguridad que solo los militares. También usa expresiones como “los piratas” para hablar de los ingleses y “los morochos” para referirse a los refugiados del campamento de Calais, ubicado a unos 30 kilómetros de Boulogne-sur-Mer. A ellos —faltaba más— les adjudica buena parte de los males de la sociedad.

Al entrar a la casa, el ruido de afuera se apaga. Como toda construcción antigua, tiene paredes gruesas que parecen aislar el interior del mundo alrededor.

La última vivienda del Padre de la Patria tiene un recibidor, un salón y una sucesión de ambientes estrechos. La descripción de cada lugar está en español, francés e inglés. La escalera conduce a la habitación de San Martín y a otras dependencias en las que el gran Libertador de América solía pasar su tiempo jugando al ajedrez, fumando o conversando con las visitas.

Abajo hay un pequeño patio, donde están las placas enviadas por gobiernos, instituciones y figuras públicas, desde todas partes del mundo, con las condolencias por su fallecimiento.

En todos los salones, hay cuadros con pinturas y hasta está el primer daguerrotipo que se hizo con la figura de San Martín.

El tour que parece una charla

El tour parece más una charla que un monólogo. Mientras avanza por la historia de San Martín, el Granadero pregunta cuándo volvió el Gran Jefe a la Argentina para sumarse a las ideas independentistas, por qué inició su carrera militar a los 11 años, cuántos años tenía cuando murió.

Si fuera una lección, me hubiese puesto una nota bastante baja. ¿Cuánto sabemos realmente de San Martín?

El administrador de la casa cuenta que Francia le ofreció a San Martín liderar su ejército en las constantes disputas contra Gran Bretaña. El prócer quedó en una posición incómoda. Se sentía agradecido con Inglaterra: había sido su primer asilo en el exilio de 1824. Allí lo trataron con respeto, lo ayudaron. Mientras, en su país lo hostigaban y difamaban. Declinó la oferta francesa.

La invitación tenía sentido: San Martín era muy considerado como estratega militar. El Granadero incluso asegura que Napoleón admiraba sus capacidades militares, después de las campañas en las que San Martín combatió bajo bandera española.

El último refugio

La habitación de San Martín es austera. La cama parece demasiado pequeña para alguien que cruzó la cordillera a lomo de una mula. El Granadero explica: “Es que no se acostaba, más bien se recostaba y dormía semisentado por el asma”.

El punto final del tour es otra habitación. Contra una pared hay una cama, también pequeña. Es una réplica de su lecho de muerte. Y hay un cuadro con las máximas que el General dejó para su hija Mercedes, con el texto de su puño y letra.

El anfitrión recuerda que la original fue trasladada al Museo de San Martín en Buenos Aires. Solo las tablas del piso debajo del lecho permanecen intactas desde 1850.

Los 44 en la playa

Cuando bajamos, una familia argentina toca timbre. El Granadero me dice que aproveche la luz del día, que baje por la misma calle de la Casa hasta la playa y luego vaya unas cuadras hacia la derecha. “Bajar” es el verbo correcto: la avenida es bastante empinada.

Frente al mar, en medio de la arena, está el primer homenaje que hicieron fuera del país a los 44 submarinistas del ARA San Juan, muertos en noviembre de 2017 en la mayor tragedia naval de la historia argentina.

Al frente, del otro lado del Canal de la Mancha, está Inglaterra. “De noche se ven las luces del puerto de los piratas”, me dijo el Granadero.


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